(Estebán Choque)
Foto: Estebán Choque
Foto: Estebán Choque
Foto: Estebán Choque
Foto: Estebán Choque
Carla Dal Borgo, la bióloga que encontró su lugar en los vinos de altura de Salta
Para la bióloga Carla Dal Borgo volver a Salta fue el inicio de un nuevo lenguaje: aprender, escuchar al paisaje y contar el vino sin solemnidad, desde el placer y la experiencia. En Animaná, al pie de las Sierras de Quilmes, una bodega familiar con una mirada amorosa y sustentable.
Bióloga de formación y con una profunda conexión con la naturaleza, Carla Dal Borgo nunca imaginó que su recorrido profesional la llevaría a los viñedos de altura del Valle Calchaquí. Durante años trabajó en conservación de fauna silvestre y desarrolló un voluntariado con la Fundación Jane Goodall hasta que una búsqueda personal y un proyecto familiar la impulsaron a volver a Salta. Su llegada al mundo del vino no fue un giro abrupto, sino una continuidad sensible.
La bodega familiar nació en 2010, cuando su padre, Sergio Dal Borgo, ingeniero civil, compró tierras en Animaná con la intuición de jugar en una aventura que reuniera a la familia. Su madre, geóloga, aportó la mirada profunda sobre un suelo cargado de historia y minerales; Carla, junto a sus hermanos Facundo, ingeniero agrónomo, y Daniela, instructora de yoga, sumó conocimiento, sensibilidad y equilibrio. Al pie de las Sierras de Quilmes, el vino se convirtió en una forma de habitar la tierra, de honrarla y de compartirla.
“Todo fue pensado como una extensión del paisaje. Con una arquitectura minimalista y materiales locales, se integra al entorno para que los cerros, la luz y las viñas sean protagonistas desde cualquier espacio.”
-Venís del mundo de la biología. ¿Cómo fue ese pasaje hacia el vino?
-Fue un proceso largo y bastante natural, aunque desde afuera parezca abrupto. Yo trabajaba como bióloga en un zoológico en Córdoba y con el tiempo dejé de sentirme alineada con ese proyecto, tanto por una cuestión filosófica como por los recursos disponibles. En ese momento empezaban a discutirse nuevos paradigmas vinculados a la conservación, el rescate y la educación ambiental, y yo sentía que el espacio donde estaba no lograba acompañar del todo ese cambio. A eso se sumaba una inquietud personal muy fuerte: siempre necesito aprender, moverme, asumir desafíos. Cuando surgió la posibilidad de empezar a elaborar nuestros propios vinos, sentí que era el momento justo para volver y explorar un nuevo rumbo junto a mi familia, aun sin saber exactamente hacia dónde iba.
-¿Cómo fue volver a tu provincia y empezar de cero en otro universo profesional?
-Fue intenso y profundamente transformador. Aunque soy salteña, volver después de varios años implicó rearmar vínculos y aprender un lenguaje completamente distinto. Me encontré nuevamente en el lugar de aprendiz, algo que al principio cuesta, pero que después resulta muy enriquecedor. La formación fue clave: hice cursos, capacitaciones, participé en ferias y encuentros. Todo eso me permitió entender el mundo del vino desde adentro y empezar a construir una mirada propia. Hoy, cuando miro para atrás, me sorprende todo lo que pasó en tan poco tiempo y cómo ese proceso fue tomando forma casi sin darme cuenta.
Carla Dal Borgo es bióloga, se preparó para este nuevo emprendimiento y habla del vino sin solemnidad.
-El vino es un ambiente tradicionalmente masculino. ¿Cómo viviste esa experiencia?
-Al principio fui muy cauta. Éramos nuevos, no veníamos de una familia con tradición vitivinícola y además yo era mujer en un mundo históricamente dominado por varones. Con el tiempo empecé a vincularme con otras mujeres del sector —enólogas, sommeliers, gastronómicas, distribuidoras— y ese encuentro fue transformador. Compartir experiencias, dudas y recorridos fue clave y de ahí nació la Asociación de Mujeres del Vino Salteño, como un espacio para apoyarnos, hacer red y dar visibilidad a un rol que siempre estuvo presente, aunque muchas veces no se viera.
-El trabajo en red aparece como una constante en tu recorrido.
-Sí, profundamente. En un territorio como el Valle Calchaquí, que representa menos del 3% de la producción vitivinícola del país, la colaboración es fundamental. Compartir experiencias fortalece no solo a cada proyecto, sino a toda la región. No hay que olvidarse que estamos a 1700 metros de altura con un clima desértico y un suelo rocoso, o sea mucho por delante. Creo mucho en el trabajo colaborativo porque permite crecer sin perder identidad y construir una escena más sólida para los vinos salteños.
La Bodega produce alrededor de 30 mil botellas y tiene el asesoramiento del enólogo Daniel Heffner.
-Cómo fue integrarte a un proyecto familiar y encontrar tu lugar dentro de la bodega?
-Fue un aprendizaje enorme y muy gradual. Al principio hice de todo: trámites, logística, administración, tareas que nadie quiere hacer pero que son necesarias para que el proyecto avance. Con el tiempo fui encontrando mi lugar, sobre todo en la comunicación, la parte comercial y el desarrollo del enoturismo. Hoy me ocupo de contar quiénes somos, qué buscamos transmitir y cómo acercar el vino a las personas desde una experiencia más amplia, que tenga que ver con el paisaje, el tiempo y el disfrute.
-¿Cómo se toman las decisiones puertas adentro siendo una empresa familiar?
-Cada área tiene su autonomía, pero las decisiones importantes se comparten. Somos intensos, como casi todas las familias, y a veces hay discusiones, pero siempre con un objetivo común. El tiempo es lo más valioso que tenemos y este proyecto es una apuesta demasiado grande como para desgastarse. Saber escucharnos y encontrar un punto de equilibrio es parte del trabajo cotidiano.
UN TRABAJO CONCIENTE
-La sustentabilidad es uno de los pilares de la bodega. ¿Cómo comenzaron a trabajarla?
-Siempre estuvo presente como valor, pero avanzar hacia una certificación nos obligó a ordenar, medir y definir prioridades. Empezamos analizando qué residuos generamos en el centro de visitas, la bodega y la finca. A partir de ahí llevamos a la práctica las tres R: reducir, reutilizar y reciclar. Fue un proceso muy concreto, de mucho aprendizaje y de tomar decisiones conscientes.
-¿Qué acciones concretas implementaron a partir de ese proceso?
-En el centro de visitas dejamos de usar botellas plásticas descartables y hoy el agua se sirve en botellas retornables. No ofrecemos gaseosas, sino agua con limón. En bodega analizamos todos los procesos: parte del residuo plástico se utiliza en talleres de manualidades, los corchos se destinan a carpintería y el resto se separa y recicla. Todo se pesa y se registra para tener datos reales y poder mejorar.
-¿Cómo se traduce esa mirada sustentable en el trabajo cotidiano del viñedo?
-Trabajamos el suelo como un organismo vivo. Dejamos vegetación espontánea, conservamos árboles nativos e incorporamos distintas especies para fomentar la biodiversidad. Utilizamos compost propio elaborado con residuos de bodega, guano animal y probamos extractos líquidos para ampliar su alcance. Esa diversidad vegetal favorece el control natural de plagas y reduce la necesidad de intervenciones externas.
-¿Qué identidad buscan transmitir hoy con sus vinos?
-Buscamos vinos salteños con identidad de paisaje, pero con un perfil joven, relajado y auténtico. No queremos contar el vino solo desde la botella, sino desde la experiencia: recorrer la viña, estar en la bodega, mirar los cerros, sentarse a la mesa y entender de dónde viene lo que estás tomando. Tenemos 5 cepas: Torrontés, Sauvignon Blanc, Malbec, Tannat y Cabernet Franc. La bodega cuenta con una capacidad de 120.000 litros, aunque hoy la producción ronda las 30.000 botellas.
-El enoturismo es una parte importante del proyecto. ¿Qué buscan ofrecer?
-Queremos que quien nos visite viva el vino de una manera cercana y descontracturada. No se trata solo de degustar, sino de caminar la viña, compartir una comida simple, mirar el paisaje y tomarse el tiempo. El vino también es eso: una pausa, una experiencia que se disfruta con todos los sentidos.