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Sociedad | Ayer 09:30

Buenos Aires y el orgullo LGBTIQ+: 5 espacios de resistencia, cultura y diversidad

La historia de la comunidad LGBTIQ+ también se escribió en escuelas, discotecas, centros culturales y hogares que ofrecieron refugio cuando todavía faltaban derechos. Cinco espacios emblemáticos que transformaron la necesidad de encontrarse en resistencia, identidad y nuevas formas de construir comunidad.

Federico Velenski

Una ciudad también puede leerse a través de sus puertas. Algunas se abrieron para bailar cuando hacerlo implicaba esconderse. Otras ofrecieron un techo, un aula o un escenario a quienes les habían negado la posibilidad de pertenecer. La historia LGBTIQ+ de Buenos Aires no se explica solo por sus conquistas legislativas: también está hecha de lugares levantados con deseo y organización. Sus historias son diferentes y por eso resultan reveladoras: la comunidad nunca fue una experiencia única ni homogénea.

Mucho antes de que algunos derechos fueran reconocidos por ley, ya existían espacios que permitían ejercerlos en la vida cotidiana. Y después siguieron siendo necesarios: la igualdad escrita no garantiza vivienda, trabajo ni una noche sin miedo. Mocha Celis, Casa Brandon, Búnker, Feliza y el Hotel Gondolín responden a una pregunta: ¿qué ocurre cuando una comunidad crea los lugares que le faltan?

 

ASOCIACIÓN CIVIL MOCHA CELIS

Una asociación civil que abre oportunidades a personas travestis, trans y no binarias.

La Mocha Celis nació en 2011 como el primer Bachillerato Popular Travesti-Trans del mundo, con una convicción transformadora: estudiar debía dejar de ser un privilegio del que muchas personas habían sido expulsadas. Este año celebra sus 15 años de historia.

Su nombre recuerda a Mocha Celis, una travesti tucumana que no terminó la escuela y murió por disparos policiales. Frente a esa violencia, el proyecto eligió construir otra historia. Desde 2014, sus estudiantes egresan con un título secundario para continuar estudios superiores. La experiencia inspiró iniciativas en distintas provincias y países de la región. El bachillerato, además, no es exclusivo: recibe a personas de otros colectivos atravesados por desigualdades.

En 2020 se formalizó como asociación civil y extendió su trabajo a la salud, la alimentación, el empleo, la vivienda y la cultura. Su propuesta no se limita a brindar asistencia, sino que busca ofrecer herramientas a través de la información, la capacitación y la educación para transformar las realidades de la comunidad.

Resulta difícil estudiar cuando faltan ingresos o un lugar seguro donde vivir. “El corazón de la Mocha es la educación, es la manera que hay para cambiar realidades”, explica Gaba Benítez.

Sus estudiantes la llaman «la escuela ternura». La expresión resume una mirada política: el conocimiento necesita cuidado, y proyectar un futuro empieza por encontrar a alguien que crea en él.

 

CASA BRANDON

Un centro cultural que convirtió el arte en activismo y abrió una escena propia.

Casa Brandon demuestra que la cultura puede intervenir en la realidad. Su historia comenzó con las fiestas Brandon Gay Day de 2000, que propusieron otras maneras de reunirse y celebrar. Inaugurada en Villa Crespo en 2005 por Lis Kerner y Jorgelina De Simone, nació de la búsqueda de otros modos de encuentro, por fuera de la noche tradicional. Su programación reúne música, poesía, teatro, cine, performances y festivales de arte queer. Pero el aporte no se agota en la cartelera. Para artistas y públicos que no se reconocían en los circuitos convencionales, Brandon construyó una escena propia. Una función podía ser también una conversación política, una amistad o una red de trabajo.

Brandon acompañó movilizaciones por el matrimonio igualitario, la identidad de género y el cupo laboral travesti-trans. En 2022 se convirtió en cooperativa de trabajo cultural. Su idea de «artivismo» une el placer de crear con el compromiso de transformar. Frente a una diversidad que a veces se reduce a imagen, recuerda que la visibilidad cobra sentido cuando permite expresarse y permanecer.

La historia LGBTIQ+ de Buenos Aires no se explica solo por sus conquistas legislativas: también está hecha de lugares levantados con deseo y organización.

 

BÚNKER

Un ícono de la noche gay cuando mostrarse todavía implicaba riesgos.

En los años ochenta y noventa, Búnker fue una de las discotecas emblemáticas de la noche gay porteña. Su pista y su recordado túnel permanecen en la memoria de quienes encontraron allí formas de relacionarse difíciles de vivir a plena luz del día.

La democracia había regresado, pero las razias y los edictos policiales seguían condicionando a gays, lesbianas, travestis y otras disidencias. Salir a bailar no era inocente. Búnker reunió públicos diversos y amplió una escena antes limitada a espacios casi clandestinos. También tuvo códigos de exclusión propios de su época: recordar su importancia no exige idealizarlo.

Allí nacieron amistades y se vivieron amores que afuera exigían silencio. En aquellos boliches también hubo acciones solidarias frente al VIH y el sida. Búnker cerró, pero persiste en los relatos de una generación. Su legado plantea una idea poderosa: ocupar una pista también puede ser una manera de reclamar un lugar en la ciudad.

 

FELIZA

Desde 2017, una fiesta que también construye vínculos y comunidad.

Feliza propone habitar la noche no como escondite, sino como celebración de identidades diversas. En avenida Córdoba conviven fiestas, encuentros y arte, donde compartir importa tanto como bailar.

Su agenda incluye encuentros para conocer gente sin aplicaciones, shows drag, batallas de lipsync y espacios para el talento queer local. Allí, disfrutar no está separado de construir vínculos: reconocerse y circular con libertad siguen siendo necesidades en una sociedad con prejuicios sobre los cuerpos y los afectos.

Feliza establece reglas explícitas contra el acoso y a favor del consentimiento. Bailar sin sentirse amenazado o convertido en espectáculo es parte de la libertad. Si otros espacios ofrecían protección desde cierta invisibilidad, Feliza propone ocupar la noche con alegría, cuidado y protagonismo. La fiesta también puede ser una afirmación política.

Mucho antes de que algunos derechos fueran reconocidos por ley, ya existían espacios que permitían ejercerlos en la vida cotidiana.

 

HOTEL GONDOLÍN

Una vivienda colectiva travesti-trans que convirtió el cuidado en resistencia.

En una ciudad donde conseguir vivienda puede ser difícil, las travestis y mujeres trans enfrentan barreras adicionales. Por eso el Hotel Gondolín, en Villa Crespo, simboliza el derecho a construir un hogar.

Allí se alojaban travestis y mujeres trans llegadas desde otras provincias o países, que pagaban precios abusivos por habitaciones precarias. Tras una clausura, sus residentes se organizaron y recuperaron el espacio en 1998. En 2003 constituyeron la Asociación Civil Gondolín y consolidaron una experiencia de gestión colectiva referente para el movimiento.

«El Gondo» es refugio, red de apoyo y lugar de formación. Para muchas de sus residentes, que llegaron tras experiencias de expulsión y discriminación, la convivencia significó descubrir otra forma posible de familia. También impulsó una cooperativa textil para ampliar oportunidades laborales.

Su memoria guarda el legado de la activista Zoe López García, figura fundamental de esa familia elegida. Allí, la inclusión se construye con llaves, camas, decisiones compartidas y cuidados cotidianos. No es solo el lugar al que alguien llega cuando no tiene adónde ir, sino aquel desde el que muchas pudieron imaginar adónde querían llegar.

AGRADECIMIENTO: MOCHA CELIS, VANESA STRAUCH.