(Ramiro Ponce)
Foto: Ramiro Ponce
Foto: Ramiro Ponce
Foto: Ramiro Ponce
Foto: Ramiro Ponce
Foto: Ramiro Ponce
Vanesa Strauch, la mujer de las mil vidas: humor, moda y libertad
Una vida de película, repleta de libertad, compromiso, moda y vecinos singulares. Así se forjó la carrera y personalidad de esta actriz inusual que impacta con su talento y desparpajo en radio, teatro y plataformas.
Intentar definir a Vanesa Strauch sería limitarla, y pocas cosas resultarían más injustas par alguien que convirtió la libertad en una forma de vida. Por eso es mejor el título con el que suelen presentarla y que mejor parece contenerla: “La mujer de las mil vidas”. Porque Vanesa no solo vivió muchas vidas: todavía sigue inventándolas.
Eléctrica, fresca, graciosa y profundamente leal a sí misma, construyó un universo a su medida y después abrió la puerta para que los demás puedan entrar. Vanesa -que posa en el Teatro Avenida- no siguió la corriente: creó la propia. La entrevista avanza con ese mismo pulso, saltando de una historia a otra, entre reflexiones, carcajadas y momentos en los que se intercambian los roles de entrevistada y entrevistador. Todo, por supuesto, muy al estilo Strauch.
Vestido (Vanesa Krongold), anillo (Oculttoo) y zapatos (Aurora Alfonso).
-Empecemos por tu infancia. Tu papá era marino y tu mamá tenía una relación muy particular con la ropa. ¿Cómo era esa casa?
-Mi mamá no era maestra, era ama de casa y vendía ropa. No te puedo decir diseñadora porque sería una caradurez, pero tenía como un grupo enorme de amigas. Todavía hoy, con 92 años, hace tés en su casa todas las semanas. Un escándalo. En casa se hacían desfiles. Era una risa. El living se llenaba de señoras, flores, sandwiches y chips. Como mi papá era marino, le traía ropa de afuera y mi mamá organizaba esos encuentros. Venían las señoras, miraban, se probaban y compraban. Era muy de otra época, una antigua usanza hermosa.
A mí siempre me ponían al final, con alguna ropita mía, para cerrar el desfile. Yo estaba chocha de la vida. Mi hermana también desfilaba. Tengo una foto de esos looks, muy años ochenta. Me acuerdo de la felicidad que me daba cuando la casa se revolucionaba porque era día de desfile.
-¿Sentís que esos desfiles fueron tus primeros pasos en la performance, en el teatro, en la construcción de la Vanesa de hoy?
-Nunca lo había pensado, pero ahora que me lo decís, sí. Fue la primera vez que actué. Cuando salía a desfilar, cuando la gente me miraba. Me acuerdo de los ruidos, de los olores, de las fresias. Uno se acuerda de esas cosas. Siempre cuento que actué por primera vez en el acto de fin de año de quinto año, cuando tiré el papel que tenía que decir porque era un plomo y me puse a improvisar. Pero ahora que lo pienso, mi primer encuentro con un público fue en esos desfiles.
“En mi casa todo se vivía con mucha naturalidad y crecí sin prejuicios, muy atenta a las injusticias. Creo que ese compromiso nació ahí”.
-Tenés una mirada muy abierta, libre y cero prejuiciosa. ¿Eso también viene de tu casa?
-Sí, totalmente. Creo que uno se da cuenta de la homofobia recién cuando es grande. De chica, yo tenía unos vecinos, un abogado y un arquitecto, que venían dragueados a casa a tomar el té. Para mí era normal. Era una fiesta. Mi día favorito era cuando subían “las vecinas”. Las miraba y pensaba: “Estas mujeres son más interesantes que las amigas de mi mamá”. Eran más graciosas, tenían más producción. Yo era chica y no sé si sabía exactamente quiénes eran o no. No se hablaba, no importaba. Así crecí. Mi mamá también hacía muchas fiestas. Como mi papá era marino y se iba, en mi casa había algo muy festivo. No había prejuicio, pero también era una casa donde de ciertas cosas no se hablaba. Cuando pasaban cosas tristes, no se hablaban.
No era una casa dramática. Eso tiene su parte linda y su parte fea. Si estabas angustiada, llorabas sola en la habitación. Era una casa con una sonrisa amable todo el tiempo. Se veía lindo, pero también podía ser angustioso, porque parecía que nunca pasaba nada. Por otro lado, estaba esa cosa festiva, esas reuniones, esa gente divertida, las amigas tan distintas de mi mamá. Creo que eso lo mamé de ella: tener alrededor gente de mundos muy diferentes.
Camisa y falda (Ramírez), tocado (Flor Tellado) y zapatos (Mishka).
-Tu personaje público tiene mucho humor, pero también aparece una sensibilidad más profunda. ¿Dónde queda la Vanesa más dramática, la que también se vincula con el dolor?
-Me gusta mucho estar sola y necesito reservarme un momento del día para eso. Soy muy organizada con el dolor: como a toda comediante, no me gusta que me vean triste porque el payaso tiene que estar bien. Pero también sé que, si no le doy un espacio a la tristeza, la alegría se vuelve falsa. Cuando murió mi perra Coco, uno de los dolores más grandes de mi vida, estaba muy ocupada con la comedia y aprovechaba los viajes en auto para llorar. Me decía: “Tenés veinte minutos, llorá ahora”. Después llegaba y era otra cosa. Tengo la suerte de poder cerrar puertas cuando no corresponde que salga el dolor, pero necesito sentirlo porque, si no, dejaría de ser quien soy.
-Volviendo a tus inicios, ¿cuándo apareció la certeza de que querías vivir de esto?
-Primero apareció el deseo de vivir de esto y después la certeza de que podía hacerlo. Mi último trabajo formal fue como recepcionista, hasta los 21 años. A partir de ahí empecé a ganarme la vida con la actuación y, durante una década, con el match de improvisación junto a Mosquito Sancineto.
Creo que desde la primera risa entendí que era por ahí. Al principio estudiaba teatro dramático y soñaba con interpretar a Lorca o Shakespeare, pero siempre me ubicaban en el rol cómico. Renegué mucho hasta que comprendí que hacer reír en medio de una obra dramática era muy difícil y que esa formación, atravesada por ciertos prejuicios hacia la comedia, terminó dándome una herramienta enorme. También tuve la suerte de encontrar grandes maestros y compañeros en cada etapa: Mosquito en la improvisación; Malena Pichot en el stand up; y Sergio Pangaro cuando quise cantar. Siempre pude trabajar con amigos y seguir aprendiendo.
“La moda es un artey un lenguaje recreativo. Puede estar en la alta costura, pero también en una piba que combina una media de red con algo fluorescente y construye un universo con pocas prendas”.
-En tu espectáculo aparece la idea de “la mujer de las mil vidas”. ¿Sentís que realmente viviste muchas vidas?
-Sí, totalmente. Es un eslogan para zafar de que tengo veinte años más que todas, pero también es verdad: le saqué el jugo a los años. Sigo creando anécdotas, aventuras y ridiculeces nuevas, y eso me pone contenta. Mi miedo sería quedarme sentada contando solamente historias viejas. Tengo muchas, claro, pero me interesa seguir viviendo cosas. Soy curiosa, me gusta estar rodeada de gente joven, saber qué música escuchan, dónde salen o qué se ponen las chicas. A eso viene lo de las mil vidas: a seguir buscando aventuras y no quedarme viviendo únicamente del pasado.
-Muchos te conocieron también por Furia Bebé, un programa que empezó con una forma muy descontracturada de hacer radio y terminó construyendo una comunidad muy fuerte. ¿Cómo fue ese paso?
-Yo ya había hecho radio con Federico Simonetti, Felix Buenaventura y Martín Rechimuzzi, en un programa de Radio Splendid cero a dos que era más una excusa para tomar alcohol que otra cosa: no nos escuchaba nadie. Antes de Furia Bebé también venía de Persona, el cuarteto de stand up con Charo, Ana y Male, donde ya habíamos construido una comunidad. Éramos un poco como una banda de rock: cada una tenía su voz y su color. Cuando Bimbo se fue, yo le decía: “Estás loca, todo el mundo quiere estar en Furia Bebé”. En ese momento Male me dijo: “Vení vieja, entras vos”. Como ya trabajaba con ella y nos entendíamos mucho, la dinámica apareció enseguida: con una mirada sabemos hacia dónde ir, cómo hacer el contrapunto y pasarnos la pelota. Eso es fundamental porque lo que hacemos tiene mucho de improvisación y necesita un lenguaje común.
Top ballon y falda (Kostüme).
-Además de comediante, también trabajaste en estilismo y vestuario. ¿Cómo fue ese vínculo con la moda?
-Le tengo mucho respeto a la moda. Estudié Diseño de Indumentaria en la UBA, pero descubrí que el clima de la industria, con tanta competencia y cierta cosa de careta, no tenía mucho que ver conmigo. El humor siempre aparecía como un angelito malo al lado mío y, en ese mundo, no encontraba demasiado espacio para él. Entonces me volqué al vestuario teatral. Durante muchos años vestí obras y todavía hoy les doy ropa a amigos comediantes para sus videos o trabajos. Después empecé a trabajar en publicidad, un ámbito que me resultó más tranquilo. Para mí, la moda es un arte y un lenguaje recreativo. Puede estar en la alta costura, pero también en una piba que combina una media de red con algo fluorescente y construye un universo con pocas prendas. Me fascina observar cómo se viste la gente porque, aunque no siempre seamos conscientes, la moda comunica todo el tiempo.
-Hablando de moda, la peluca que usaste en el Martín Fierro se convirtió en una imagen muy reconocible, pero también tenía una lectura política. ¿Qué buscabas expresar con ese look?
-La moda es política y la peluca también. El mensaje era que, si te gustaba mi peluca porque soy una señora rubia y concheta, y te parecía divertido que me la hubiera puesto, también tenían que gustarte las pelucas de mis amigas travas, las migrantes, las pobres o las que tienen clientes. Porque esas pelucas también son fabulosas. Esa era mi idea. Yo creía que la había expresado, pero en realidad solo la había pensado para mí. Cuando vi que se había entendido, me fascinó y también me sorprendió que la imagen se volviera tan reconocible. Ahí te das cuenta del poder de la moda: toda elección es política. Una se viste como quiere ser; todas las mañanas elegís quién ser y te ponés la ropa.
“Sigo creando anécdotas, aventuras y ridiculeces nuevas, y eso me pone contenta. Mi miedo sería quedarme sentada contando solamente historias viejas”.
-Si hay alguien dentro de la exposición pública que levanta verdaderamente las banderas de la comunidad LGBT+, sos vos. ¿Cuándo apareció ese deseo de involucrarte de manera tan activa?
-No sé si hubo un momento puntual. En mi casa todo se vivía con mucha naturalidad y crecí sin prejuicios, muy atenta a las injusticias. Creo que ese compromiso nació ahí. La militancia más activa, la de salir a la calle e inventar acciones, apareció hace muchos años atrás, me hice amiga de una compañera trans. Recuerdo una de las primeras marchas contra los travesticidios, cuando armamos unas estampitas de San Cayetano maquillado como Divine. Éramos siete; ahora somos muchas más. El humor siempre tiene que estar porque, para mí, es el arma más poderosa: la gente no se la ve venir. Cuando ya está distraída, entre chiste y chiste podés meterle una idea en la cabeza. Como pasó con la peluca.
-En la Mocha Celis, el teatro se convierte en refugio, posibilidad y también en una forma de resistencia. ¿Qué mundo buscás construir junto a tus alumnas y cómo te transforma a vos ese vínculo?
-Tengo dos proyectos fabulosos. Armé un elenco estable con exalumnes y amigues, con quienes trabajamos en Espectros, de Ibsen, con el apoyo de la Embajada de Noruega. Además, coordino un laboratorio de teatro en el que, durante cuatro o cinco meses, creamos una obra para presentar en el Mochafest.
En el laboratorio intento darles herramientas para que después puedan hacer sus propios shows y generar un ingreso, pero primero hay que habilitar la imaginación. Muchas veces, los primeros personajes que aparecen están ligados al trabajo sexual o las drogas. Entonces les digo: “Qué aburrimiento. Basta. Sos cirujana, arquitecta, extraterrestre”. El primer mes consiste en sacarles el chip de aquello que la sociedad les dijo que podían ser. La Mocha es una escuela secundaria, pero también es un refugio. Ofrece acompañamiento médico, psicológico y habitacional. Es un lugar de amor donde personas que luchan todos los días contra el racismo, la homofobia y la violencia pueden recargar energía antes de volver a salir. Hay alumnas que atraviesan situaciones muy difíciles y, aun así, estudian teatro, francés o inglés. No hay que decidir por ellas ni reducirlas a sus circunstancias. Denle una oportunidad a la gente, porque la gente tiene ganas de crecer.
-El futuro te encuentra otra vez entre la actuación, el humor y el activismo. ¿Qué proyectos te entusiasman hoy?
-Tengo planes muy divertidos. Se estrena Viudas 2, donde interpreto a una señora paqueta de Recoleta, muy malvada. Estoy chocha. También ensayo una obra escrita y dirigida por Dennis Smith, junto a Carolina Kopelioff. Además, estoy preparando una gira con mi show de stand up, que me llevará por Neuquén, Córdoba y Santiago de Chile. Actualmente también llevo adelante Casi en serio, un ciclo de entrevistas para el medio La Pluma. Convoco a distintas amigas y personajes, aunque mis amigas ya son unos personajes en sí mismas, para conversar sobre diferentes temas, muy a mi estilo.
Estilismo: Los García.
Fotos: Ramiro Ponce.