Sylvia Earle (Rolex)
Sylvia Earle, la mujer que cambió para siempre la forma de mirar el océano
Tiene 90 años, acaba de volver de una expedición en Mauricio y sigue hablando del océano con la fascinación intacta. Pionera, científica, exploradora y Testimonial de Rolex desde 1982, Sylvia Earle lleva una vida dedicada a recordarnos algo esencial: que el mar sigue siendo el corazón vivo de la Tierra.
Entiendo que la edad no importa, pero es imposible hacer caso omiso al entrevistar a esta exploradora Testimonial de Rolex desde 1982. ¿Por qué? Porque tiene 90 años y sigue activa explorando el océano como cuando tenía 25 años. Acaba de llegar de una expedición a las islas Mauricio y está feliz porque está presente -invitada súper especial- a la inauguración del Museo de la Exploración National Geographic en Washington.
Sylvia Earle cambió para siempre la manera en que miramos el océano. Bióloga marina, exploradora y pionera, fue parte de la primera misión submarina integrada solo por mujeres en 1970, acumuló más de 7 mil horas bajo el agua y lideró más de 100 expediciones oceánicas alrededor del mundo. En 1979 rompió récords al caminar a 381 metros de profundidad, una hazaña que le valió el apodo de Her Deepness. También fue la primera mujer en ocupar el cargo de Chief Scientist de la NOAA y fundó Mission Blue, una iniciativa global dedicada a proteger los ecosistemas marinos más frágiles del planeta, parte de la iniciativa Perpetual Planet de Rolex. Su vida no solo estuvo dedicada a explorar lo desconocido, sino también a recordarnos que el océano sigue siendo el corazón vivo de la Tierra.
En 1979 cuando rompió el récord por caminar en la profundidad del ocáno.
—Si tuvieras que explicar en pocas palabras qué hacés, ¿qué dirías?
—Diría que soy científica. Estudio el océano, soy exploradora. Muy parecida a una niña que hace preguntas sobre todo y cuenta honestamente lo que ve. Eso es lo que significa.
—Estamos acá por la apertura de este Museo de la Exploración. ¿Qué pensás de este nuevo espacio y por qué creés que es importante?
—Me encanta ver que National Geographic le brinda al público la posibilidad de asomarse a lo que sucede dentro de ese rectángulo amarillo, donde durante tantas décadas hubo personas explorando y compartiendo historias sobre la naturaleza del mundo y del universo. Este edificio siempre tuvo algo de misterio. Pasaban cosas buenas aquí, hubo exhibiciones de vez en cuando, pero esto realmente es una nueva cara para National Geographic y una nueva manera para que el público venga, participe y se inspire. No solo por la magnitud de lo que hoy sabemos, sino también por algo muy importante que dijo Jill Tiefenthaler, la CEO de National Geographic, durante la apertura: “Estamos apenas al borde de la mayor era de exploración de la historia”. La gente puede venir aquí, maravillarse con todo lo que hoy conocemos y al mismo tiempo entender que recién estamos empezando. Cualquiera puede ser parte de esto. Y para quienes sienten que el mundo está atravesado por demasiada oscuridad, por demasiados problemas, bueno… gran parte de eso es por nosotros. Hemos consumido y transformado demasiada naturaleza en riqueza humana, ya sea a través de la minería, la tala de bosques o la extracción de vida del océano.
Si uno mira hacia atrás, incluso aquello que parece desconectado de la naturaleza tiene su origen allí. La naturaleza sigue siendo la fuente de nuestra riqueza. Tenemos que cuidarla.
—¿Qué es lo que más te preocupa hoy?
—Ya hemos agotado sistemas de vida que tardaron miles, y en algunos casos millones de años, en desarrollarse. Cuando pienso en las profundidades marinas, donde hoy se está poniendo el foco en extraer minerales, nódulos y costras, creo que deberíamos abandonar esa idea. Ni siquiera deberíamos considerarla. El valor de esos sistemas es inmenso. No son rocas muertas, están vivos. Y al permanecer haciendo lo que siempre hicieron, nos ayudan a seguir vivos. Es lo mismo que pasa con los bosques. Tenemos esa fantasía de creer que un árbol vale más muerto, convertido en madera o en productos. Pero esa es una mirada equivocada.
—¿Qué es lo más hermoso que aprendiste del océano?
—Que está vivo. No es solo agua y rocas. Desde la superficie hasta las mayores profundidades, es como una sopa viva, un minestrone de vida.
Todo lo que ves allí, cada pequeña partícula, está vivo o forma parte de algo vivo. Entender eso cambia todo. Te hace darte cuenta de que esto no es simplemente algo que podemos manipular. Primero tenemos que respetarlo. Claro que podemos usar parte de eso para nuestras necesidades, ya lo hacemos. Pero muchas veces de forma mucho más agresiva de lo que deberíamos.
—Hoy gran parte del comercio mundial depende del mar. ¿Cómo afecta eso al océano?
—No hace tanto tiempo las cosas eran distintas. Hoy el 90% de todo lo que consumimos se transporta por mar. Eso significa que productos enteros van de un lado al otro del planeta constantemente. Y en ese proceso hay ruido, alteración, una especie de arado sobre el océano. No es solo navegar por encima de él. Nos abrimos paso con hélices gigantes que alteran esa interfaz crítica entre la superficie del océano y la atmósfera. La gente suele decir que el océano es enorme y que nuestro impacto es pequeño. Pero ahora sabemos que no es así. Ahora conocemos la magnitud del daño y tenemos que aprender a ser más livianos en nuestra huella mientras seguimos disfrutando de sus beneficios. Y definitivamente tenemos que frenar la extracción industrial de vida silvestre, del mismo modo que dejamos de hacerlo en la tierra.
El año pasado en su misión Mission Blue para salvar corales.
El año pasado en su misión Mission Blue para salvar corales.
—Mirando tu carrera hacia atrás, ¿qué logro te hace sentir más orgullosa?
—Creo que lo más importante es poder inspirar pensamiento. Que algo de lo que hago haga que otra persona piense: “Si ella puede hacerlo, yo también”. Eso es muy satisfactorio. Los chicos deberían querer explorar, deberían querer ser creativos, mirar hacia afuera y pensar: “Nadie hizo esto antes”. Y en lugar de decir:“No puedo hacerlo porque nadie lo hizo”, pensar lo contrario: “Quizás yo sea la primera persona en hacerlo”. No tengan miedo de ser los primeros, a veces no funciona. Pero otras veces sí. Y esa es la alegría de ser humanos: crear y, a veces, hacer una diferencia.
—Inspiraste a generaciones de mujeres en la ciencia. ¿Qué consejo les darías a las nuevas generaciones que quieren marcar una diferencia?
—Ellos son los beneficiarios de todo lo que se aprendió antes. Ninguna persona puede aprenderlo todo, claro. Pero todo está ahí.
Es como ir a un gran banquete: todos esos descubrimientos increíbles están esperándolos. No hace tanto tiempo no existían los libros, ni los celulares. Nuestra capacidad de almacenar conocimiento lo cambió todo. Pensá en las ballenas, los elefantes y otros seres inteligentes. Ellos se comunican, perciben el mundo, toman decisiones. Pero los humanos tenemos esta capacidad extraordinaria de guardar información a través de generaciones. Gran parte de nuestra historia todavía está escrita así. Pensá lo afortunados que somos hoy con la posibilidad de guardar lenguajes, música, arte e imágenes. Es extraordinario.
—¿Fue difícil para vos ser mujer en el mundo de la exploración?
—Me desconcierta que nos haya tomado tanto tiempo romper con esos hábitos, esas convenciones, esas creencias e incluso leyes que limitaron a gran parte de la humanidad. Y no se trata solo del género. Mucho de eso no tiene una base real. Puedo entender que históricamente mujeres y hombres tuvieron roles distintos, sobre todo alrededor de la crianza. Pero más allá de eso, tantas cosas que asignamos —como el rosa o el azul— no tienen sentido real. Estamos avanzando, pero todavía no llegamos. No debería darse por hecho que los hombres son los jefes.
Deberíamos mirar más a la naturaleza. Hace dos semanas estuve en las islas Mauricio con cachalotes. Es una sociedad matriarcal. Las hembras son grandes y están a cargo. Hay algo para aprender de eso.
—¿Cómo describirías tu vida hoy?
—Ha sido un viaje. Y comparada con las dificultades que otros de mi especie enfrentaron o todavía enfrentan, fui tremendamente afortunada.
Tuve el privilegio de vivir esta era extraordinaria de exploración y descubrimiento. Pero también de pérdida. Vi el mundo natural antes de que mucho de eso desapareciera. Conocí arrecifes de coral antes de perder la mitad. Estuve en lugares donde había tantos peces que parecía normal. Y lo era. Hoy es desgarrador volver a esos arrecifes y no encontrar tiburones.
—Vivimos en un mundo dominado por malas noticias. ¿Cómo mantenés el optimismo?
—Las nuevas generaciones son las más fuertes. Tienen que saber qué cosas siguen estando bien, qué sigue siendo hermoso, qué sigue vivo.
Sí, hay malas noticias. Y la gente corre hacia ellas porque quiere ayudar o porque necesita saber. Pero también hay buenas historias. El desierto está floreciendo ahora mismo, los pájaros están naciendo, salgan a mirar los nidos en sus patios, escuchen a las aves que regresan de sus migraciones. Esos también son titulares. Necesitamos información que nos haga sonreír, que nos haga sentir vivos, que nos recuerde que no estamos solos, que nos levante, que nos haga reír.
Los humanos necesitamos reírnos de nosotros mismos. Eso es muy importante.