(Assouline)

Foto: Assouline

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Moda | Hoy 08:02

El universo privado de Vanesa Krongold: color e inspiración escénica

No es una diseñadora convencional. No piensa en prendas sino en escenas. Creo su marca en 2012 y lo que busca es una narrativa donde todos los matices convivan al momento de crear.

Vamos a imaginar que tenemos en nuestras manos una Polly Pocket (esos estuches compactos que se popularizaron en la década de los 90 y que, cuando se abren, revelan mundos en miniatura con muñecos, colores llamativos, accesorios y escenas detalladas para crear historias), esas pequeñas cajitas de tonos vibrantes que a Vanesa la siguen inspirando en la expresión lúdica de diseñar. Así se siente entrar a su atelier. Ubicado en Chacarita —un barrio que ama y donde volvió para abrir su espacio en 2024— funciona como un punto de encuentro, donde conviven música, colores y personas muy variadas: amigos, clientas, artistas y diseñadores, que forman su comunidad creativa.

Los colores son parte de su ADN, y ahora también los corazones que figuran en el nuevo logo de la marca.

Su historia está atravesada por una fuerte figura materna —fue criada por su mamá— y por la mezcla cultural de su familia: su papá vive desde que ella tenía 9 años en Corrientes, y los veranos en Goya marcaron su mirada sobre la vereda, el almacén del pueblo, sus personajes y sus celebraciones populares. Esa combinación la llevó a disfrutar de circular, conocer gente, conversar y traer a sus clientas a un espacio diferente, un lugar que no se espera, donde, como en una Polly Pocket, la vida cotidiana puede abrirse y sorprendernos con nuevas historias.

Se inspira en escenas que vive. Quiere que su ropa no sea una armadura y privilegia el contacto con la gente ante todo.

-¿Cuándo empezaste a confiar en tu estilo de diseño y a apostar a crear tu propia marca?

-Cuando empecé a estudiar Diseño de Indumentaria en la Universidad de Palermo fue revelador. De repente me encontraba con gente que le gustaban cosas similares a las mías, y sentía que estaba en mi ecosistema creativo. Fue un espacio donde entendí que lo que me gustaba — la música, los videoclips, la fotografía, el cine y la escritura — también podía formar parte de lo que quería expresar desde el diseño. Yo no era de las que hacía figurines perfectos. Era un poco un “bichito raro”. Un día, Patricia Doria —Coordinadora del área de Moda y Tendencias— me dijo que lo que estaba haciendo estaba muy bueno, que siguiera por ahí. Para mí fue muy importante, porque me interesaba ir más allá de los cánones de lo que se considera “bello” o de lo que estaba haciendo la industria. Mi marca nace en 2012, y en ese proceso empecé a construir un universo propio, con todas las dudas que implica apostar a algo personal. Como también me gusta la parte del negocio, eso ayudó a que las piezas se fueran ensamblando, aunque el camino no siempre fue lineal.

Es feliz haciendo vestuarios aunque sea muy intenso. La música es otra de sus grandes pasiones y fundamental al momento de crear. 

-Tus colecciones parecen nacer de escenas, cruces y algo mucho más intuitivo. ¿Cómo surgen esas imágenes y cuándo empiezan a hacerte sentido?

-Muchas veces parto de una estampa y pienso en qué tela lo puedo materializar. Empiezo por lo visual, es algo muy mío: cómo lo voy a mostrar, quién va a ser la modelo, cuál es el escenario. No pienso en términos de “tantas partes de arriba y tantas de abajo”. Pienso en escenas. También observo mucho el entorno cultural. Si voy a una fiesta, miro cómo se mueven las personas, de qué están hablando, esos gestos que pasan casi desapercibidos. Y ahí aparece algo: este vestido es para un picnic, o para ir a tomar un cafecito en determinado lugar. La calle, sin duda, es un gran escenario. Siempre hay un cierto caos que para mí es fundamental. No lo asocio a algo malo ni hostil; al contrario, en el caos aparecen posibilidades: cruces inesperados, personas distintas, otros procesos y resultados que no veía venir. Pero también, me encanta habitar mi estudio. Es necesario. Es el lugar donde las ideas empiezan a ordenarse y donde aparece un sistema que les da forma y ritmo para poder concretarse. Y así se va armando un universo que primero imaginé y que, de a poco, empieza a existir.

-Tus diseños tienen una impronta fuerte de manera individual. ¿Qué te interesa que suceda cuando una prenda comunica con tanta potencia?

-Me interesa que el diseño tenga una intención narrativa, pero que al mismo tiempo no se vuelva algo distante de la vida cotidiana. No quiero que mis prendas funcionen como una armadura. Me gusta que exista una fuerza en cada pieza, pero que eso no genere distancia. Todo lo contrario: que la puedas usar para una comida, para ir a trabajar o para salir, y que estés bien. Busco que esos matices convivan, porque eso tiene que ver con quién soy yo y con mis clientas. Si no sucede ese diálogo, siento que las personas nos perdemos muchas cosas. Por eso la comunidad y las relaciones parecen ser fundamentales en tu marca. Amo la comunidad, mis amigos, encontrarme con gente y generar charlas. Siento que es la única manera de hacer algo.

“Soy ecléctica, me  nutro de experiencias distintas y me gusta que en mis prendas convivan la fuerza y la calma”.

En una industria que a veces puede ser solitaria, siempre fue natural para mí trabajar desde las redes: el fotógrafo, la maquilladora, amigas que se sumaban a los desfiles, artistas con los que empecé a colaborar. Así fue desde el principio. Cuando la marca empezó a crecer, en un momento me sentí más sola, y dije: ¡no! Porque para mí la mejor forma está en ese acercamiento a otras personas. Decir “me encanta lo que hacés, hagamos algo juntos” y así conocer otros mundos. Por eso me gusta tanto Chacarita, con esa mezcla de cafecitos, galerías de arte, la feria del Parque los Andes, cosas nuevas y otras de toda la vida. Es un barrio donde no todo está resuelto, y eso me permite descubrir cosas todo el tiempo.

-Entonces, ¿te resultó sencillo adaptarte a trabajar como vestuarista en la serie Porno y Helado? ¿Qué te dejó esa experiencia?

-Empezamos a grabar la primera temporada en 2021, en pandemia, con permisos especiales. Ya es la tercera temporada, y esta última la filmamos toda en Uruguay, donde estuve viviendo tres meses en un hotel -¡y me encantó!. Con Martín Piroyansky somos amigos y formamos una muy buena dupla, que viene de trabajar juntos en cortos y fashion films, pero esta experiencia fue enorme y me marcó mucho. Son equipos muy grandes y con tiempos de producción muy intensos. Me encanta construir la estética de cada personaje y me adapté muy rápido a esa versatilidad: estar en otro país, armar todo desde cero, unir visiones y transmitir mi idea.

 

Yo ya había hecho vestuarios; de hecho, empecé así con el diseño, y me quiero seguir dedicando a esto. Son muchas horas de trabajo con jornadas de doce horas de rodaje, pero yo soy feliz trabajando en este rol, que me es familiar por el lenguaje de la cámara y la fotografía. -¿Hacia dónde está girando tu brújula creativa para la próxima colección? -Estoy pensando ir hacia algo más monocromo, con mucho blanco, y con la idea de contraste con el afuera. Recién, charlando con una amiga que volvió del sur, hablábamos de esa sensación de contraste de llegar a la ciudad, con los ruidos y la sobreestimulación del ritmo urbano. Soy ecléctica, me nutro de experiencias distintas, y me gusta que eso se traduzca en mis prendas, en esa convivencia entre la fuerza y la calma.