(marcelo dubini)
Foto: marcelo dubini
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La casa de la artista parisina Alex Pandev: un refugio creativo en permanente transformación
Hace 14 años, la actriz, cantante y dramaturga francesa Alex Pandev encontró este PH junto a su pareja, el músico Minino Garay. Hoy es un escenario permanente donde conviven el color y el caos creativo.
En la cocina de Alex Pandev hay un gran vitral. Del otro lado, un patio pleno de verde donde cada tanto llegan a posarse los colibríes. Y ahí, frente a ese vidrio de colores, se sienta todos los días a escribir esta francesa que hace 14 años se enamoró de Buenos Aires. “Para mí las cocinas son siempre el lugar más cálido de la casa”, dice. No sería una frase original si no viniera de alguien que decoró cada metro de su PH centenario en Palermo como si fuera, al mismo tiempo, un set de filmación, un atelier y una declaración de principios.
El corazón de la casa, donde conviven el comedor y un espacio social, es pura luz y arte.
Un caos sofisticado
Cuando Alex y su pareja, el reconocido percusionista cordobés Minino Garay, encontraron esta casa, tenía más de cien años y estaba “horrible”. Antes había sido el hogar de una familia con dos perros, tres gatos y dos hijos; el entrepiso estaba cerrado y nada en la estructura anticipaba lo que terminaría siendo. “Yo lo vi, pero Minino me dijo: ‘no, chiquita, es un asco’”, recuerda, todavía divertida con el desacuerdo inicial. Ganó ella y pusieron manos a la obra “con gusto y seguridad”. La compraron como inversión (la pareja vivía en Europa) y la alquilaron, hasta que la pandemia cambió los planes: decidieron mudarse, y de un día para el otro ese PH dejó de ser un activo inmobiliario para convertirse en algo más.
“Esta casa no es un refugio ni un nido, es un manifiesto”, sostiene Alex. La idea se entiende apenas cruzar la puerta. Patios y terraza tratados como escenarios, colores que no piden permiso, objetos que conviven sin demasiado orden pero con una lógica propia. “Es una casa libre, colorida, alegre, un poco caótica, pero con sofisticación. Es un poco lo que soy yo”. Se encargó ella misma de la decoración (“no decoré, armé mi universo”), y asegura que todo fue fácil. El resultado es una casa centenaria con energía actual que funciona como su laboratorio.
Alex no le teme a los colores, y eso es especialmente visible en el living, donde violeta, verde y amarillo son protagonistas. Arriba, un entrepiso contiene espacio para huéspedes.
El equipo perfecto
Mucho antes del PH hubo otro flechazo. “Como la casa, no lo busqué”, cuenta Alex sobre Minino Garay, a quien conoció en París mientras cursaba el primer año de Ciencias Políticas. Ella tenía 19 años y él ya era una figura conocida en el ambiente musical parisino. A ella en cambio, le costó un poco más descubrir que la política no era lo suyo. A los dos años de conocerlo dejó la carrera y corrió a anotarse en el Conservatorio Nacional Superior. “Ahí empezó mi verdadera vida, una vida artística, de creatividad, de locura. De todo menos política”.
La pareja sigue firme desde entonces, hoy con un ritmo muy personal. Organizan la relación en una especie de respiración compartida: seis meses juntos, seis meses separados, hablando por teléfono todos los días, cada uno con su espacio para crear. “Es como una herramienta que te contiene y te hace latir el corazón”, resume ella sobre su amor.
La terraza es uno de los espacios que Alex más disfruta, entre sillones rayados y mucho verde.
Terreno fértil
El tercer flechazo de esta historia es la ciudad. Cuando Minino la trajo por primera vez, Alex sintió una atracción casi inmediata hacia Buenos Aires y su gente. “No es una ciudad cómoda, pero por eso es muy estimulante, y a mí me encantan los desafíos”, apunta. Le gusta la arquitectura, la personalidad de cada barrio y, sobre todo, la oferta teatral: “Podés salir 365 noches al año y ver 365 shows distintos”.
Y la cuarentena, que para tantos fue una pausa, para Alex funcionó como detonante. Encerrada en su PH, escribió, dirigió y protagonizó Las Yeguas de Palermo, una serie web sobre sexo, depresión y amistad femenina. Después llegaron cuatro videoclips, y el último, La vida no viene sola, fue nominado a los Premios Gardel. Salió de gira por México, Bolivia y Chile, y escribió su primera obra en castellano, un unipersonal con el mismo nombre que la canción, donde actúa, canta y baila acompañada por su pianista (y que hacia fin de año volverá a escena).
Este año estrena, además, dos obras sobre mujeres. “Me integré muy fácilmente al entorno artístico argentino”, cuenta, “porque lo que me inspira es la gente, lo inesperado, todo lo que no se puede controlar. En Argentina, con la incertidumbre, estoy en mi elemento”.
Fotos: Marcelo Dubini.