A 50 años del golpe. (Marie Claire)

Foto: EVE GRYNBERG

Foto: EVE GRYNBERG

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Mujeres reales | Hoy 08:02

A 50 años del golpe: historias en primera persona que sostienen la memoria viva

A 50 años del golpe de Estado, tres mujeres reflexionan sobre el poder de la lucha compartida. Lejos del individualismo, sus historias revelan que el “Nunca Más” no es una consigna cerrada sino una construcción viva, abierta a ser resignificada por cada generación.

María Ester Landaburu

hermana de desaparecida, embarazada de 7 meses y medio

“El dolor se transformó en lucha”

Milita y forma parte de Abuelas para ayudar a los demás y reconstruir su historia. 

Mi familia estaba compuesta por mis padres y siete hermanos, incluyéndome. Éramos una familia numerosa, con una vida que parecía común hasta que dejó de serlo. En marzo de 1976, a pocos días del golpe cívico-militar, asesinaron a mi hermana mayor en Córdoba. Y en agosto de 1977 secuestraron a otra de mis hermanas, que estaba embarazada de siete meses y medio, junto a su esposo. A veces digo “fue”, pero enseguida me corrijo: también sigue siendo. Porque hay cosas que no se han resuelto. Seguimos luchando por justicia y seguimos buscando a nuestro sobrino o sobrina. Lo que significó y sigue significando es un dolor enorme, un desgarro que no termina. Algunas cosas pasaron, sí, pero las ausencias se resignifican todos los días. Lo que nos sostiene es la búsqueda.

En nuestro caso, como hermanos, no solo buscamos a nuestro familiar. Formamos parte de un colectivo: Abuelas de Plaza de Mayo. Nuestra esperanza no se limita a nuestra historia personal. Trabajamos por cada uno de los aproximadamente 300 nietos y nietas que aún faltan. Esa dimensión colectiva fue creciendo con el tiempo. La búsqueda inicial la hicieron mis padres y los padres de mi cuñado. Recurrieron a organismos nacionales e internacionales, a figuras eclesiásticas, a todos los espacios posibles. Vivimos con miedo, aterrados.

Era una mezcla de incertidumbre y terror permanente. Con el tiempo, los hermanos asumimos la continuidad de esa búsqueda. Lo que comenzó como una tragedia individual se transformó en una causa colectiva cuando nos unimos a otras familias y nos acercamos a Abuelas. Tengo un objetivo que trasciende lo individual. La búsqueda es colectiva. Busco a mi sobrino o sobrina y a cada uno de los nietos y nietas que aún faltan. Cuando se recupera un nieto, sentimos que los hemos recuperado todos. Es una alegría compartida, una reparación que nos alcanza a todos. Vivimos en una época donde el individualismo parece ganar terreno, pero así como el “Nunca Más” no puede ser una frase estanca, la memoria tampoco puede imponerse como un legado cerrado. Primero hay que escuchar. Escuchar qué piensan y qué sienten los jóvenes de hoy, desde qué realidad hablan. No se trata de imponer una verdad, sino de generar espacios de reflexión acerca de la construcción y la defensa de los derechos humanos de ayer y de hoy”.

 

Elizabeth Jelin

Socióloga e investigadora social

“Nos pasó a todos y todas, aunque de maneras distintas”

Luchadora, investigadora y académica incansable de la dictadura cívico militar.

Cuando pienso en lo que ocurrió en Argentina hace 50 años, lo primero que aparece es la necesidad de recuperar la información. Fueron actos clandestinos. Hubo una represión que no salió en los diarios. Hoy conocemos con mayor claridad las desapariciones, las torturas, las violencias sexuales, pero en su momento también estuvieron ocultas. Y, aun así, esa no fue la única forma de violencia. Hubo erradicaciones forzadas de asentamientos, traslados compulsivos, desarraigos. De eso se sabe mucho menos. Muchas veces hablamos de víctimas directas, pero el impacto de la represión atravesó a la sociedad entera. Víctimas fuimos todos y todas, aunque no siempre lo reconozcamos de esa manera. Para mí, la importancia de recordar no está solamente en enumerar lo que pasó, sino en entender cómo ese pasado nos ayuda a mirar el presente y a proyectar el futuro. Cuando decimos “Nunca Más”, no estamos hablando únicamente del ayer. Estamos afirmando algo hacia adelante.

Es una manera de pensar el futuro que queremos construir. Es decir: no queremos volver a vivir bajo el miedo, el autoritarismo ni el desarraigo. Yo le doy a esa frase un sentido amplio. Nunca más a las desapariciones, pero también nunca más a los regímenes que imponen cómo pensar. Nunca más a las violencias cotidianas que esos sistemas generan. No se trata solo de memoria; es una invitación a imaginar futuros mejores. Es un nunca más que contiene esperanza. Tampoco me gusta hablar de “transmisión” de la memoria, porque esa palabra sugiere que algo pasa intacto de una generación a otra. No funciona así. Las nuevas generaciones se apropian del pasado en sus propios términos. No necesariamente en los términos en que quienes lo vivimos quisiéramos que lo hagan. Y eso me parece saludable. La agencia humana implica cuestionar, reflexionar, resignificar. Muchas veces alguien dice: “A mí no me pasó nada”. Yo no estoy de acuerdo. Nos pasó a todos y todas, aunque de maneras distintas.

El desafío es pensar ese pasado no como propiedad de un grupo reducido, sino como parte de una memoria colectiva. El “Nunca Más” no puede ser sectorial; tiene que ser comunitario. Uno de los legados culturales más persistentes de la dictadura fue el individualismo. Ese “sálvese quien pueda” que se instaló junto con un modelo económico y político que no terminó en 1983. Esa lógica sigue operando. Y creo que ese es uno de los grandes desafíos actuales: reconstruir comunidades, colectivos, solidaridades. La vida social siempre es con otros y otras.

 

Belén Altamiranda Taranto

Nieta recuperada

“La identidad es todo”

Recordar, militar y luchas por la memoria desde su lugar. 

 

Recordar a mi familia y a mis abuelos es algo permanente. El recuerdo está siempre. Pero cada 24 de marzo es distinto. Es un día muy particular, muy especial. Lo sentimos así. Para mí es muy fuerte pensar que con mis abuelos pude compartir muy poquitas marchas. Después de tantos años de búsqueda, de lucha, de espera, finalmente nos encontramos. Yo siempre hablo de un reencuentro. Fue algo profundamente simbólico. Ellos ya no están en este plano, pero queda la familia de Abuelas: los nietos restituidos, los hermanos que siguen buscando, los trabajadores, todos los que sostienen esta lucha. Es algo que llevás arraigado en el alma, en el pecho. Es difícil de explicar. El 24 es un día de reflexión y de encuentro. No lo vivimos solo desde la tristeza, sino desde el abrazo con el otro, desde sentir que la sociedad acompaña. Pensar que Abuelas sigue, que todavía hay nietos por encontrar, que hubo personas que dieron el cuerpo, el alma y hasta la vida para luchar colectivamente y no bajar los brazos.

Lo que lograron es increíble. Y todavía falta. Cuando me acerqué a Abuelas nunca tuve la certeza de que podía ser una de las nietas que estaban buscando. Me acerqué para que me orientaran en una búsqueda personal que había empezado. En mi caso hubo una adopción legal, plena, y sentía que tal vez estaba fuera de esa historia. Me hice el análisis de ADN sabiendo que la respuesta iba a tardar unos meses. Cuando me llamaron fue un torbellino. Sentía que estaba viendo una película, como si le estuviera pasando a otra persona. Me enteré un viernes por la tarde. El lunes ya tenía que viajar a Buenos Aires para presentarme en Comodoro Py. Ese fin de semana le tuve que contar a mi círculo íntimo, a mi hija. Enfrentar, en cierto modo, a mi mamá adoptiva, que estaba viva.

Organizar el viaje. Recién el domingo a la noche, cuando me quedé sola, empezó a caer la ficha. Después entendí que no es algo instantáneo. No es que te sacás un chip y te ponés otro. Es un proceso. Es reconstruir, escuchar, preguntar, conocer a la familia biológica, entender lo que pasó. Yo tenía 29 años, ya era madre. Mi familia necesitaba saber de mi infancia, si había estado bien, cómo había sido mi vida. Y yo necesitaba saber de mis padres. Escuchar a sobrevivientes fue durísimo. Pero también necesario. Saber cómo eran mi mamá y mi papá, cómo se comportaban en cautiverio, cómo fue ese período en el que mi mamá estaba embarazada de mí. Esa reconstrucción fue posible gracias al valor de quienes pudieron contar lo que vivieron.

Tengo un vínculo muy lindo con mi familia. Vivo en Córdoba, así que no tenemos la cotidianidad que me gustaría, pero cada encuentro es reconstruir recuerdos, sumar anécdotas, seguir armando la historia. Saber hoy quién soy ( Belén, hija de Rosa y Horacio)  me dio pertenencia. Abuelas es una familia. Sabemos lo que pasamos y nos contenemos. Durante mucho tiempo me costó ponerlo en palabras, pero hoy siento que mi paso por este mundo tiene un sentido: ayudar a encontrar a los nietos y nietas que faltan. La salida siempre fue colectiva. Y lo sigue siendo.”

Fotos: Juan Lamas