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Entrevista | Hoy 08:02

Nicole Wallace de La casa de los espíritus: “El arte más potente hoy es femenino”

Con La casa de los espíritus, la actriz española da un giro en su carrera y se enfrenta a un personaje atravesado por la historia, la espiritualidad y el universo femenino.

Hay un momento, en medio de la conversación, en el que Nicole Wallace se queda en silencio. No es duda, es pausa. Como si necesitara medir el peso de lo que está por decir. Habla de memoria, de herencia, de lo invisible. Y entonces todo empieza a encajar. Porque no es solo una actriz enfrentándose a uno de los textos más emblemáticos de la literatura latinoamericana, La casa de los espíritus de Isabel Allende: es una joven mujer intentando comprender y habitar un linaje que la excede. En La casa de los espíritus, pero también fuera de ella.

A los 24 años, Nicole transita un punto bisagra. Su nombre dejó de ser promesa hace tiempo, pero todavía se mueve en ese territorio inquieto donde todo parece estar en construcción. Su recorrido, de Skam España al fenómeno global de Culpa mía, la posicionó como una de las figuras más reconocibles de su generación. Sin embargo, hay algo en este presente que se siente distinto, más profundo, más exigente, más definitivo.

Su incorporación a La casa de los espíritus (Prime Video), marca ese cambio de escala. No solo por la magnitud del proyecto o por compartir elenco con figuras como Alfonso Herrera y Dolores Fonzi, sino por lo que implica su personaje: Clara del Valle en su juventud, una de las figuras más icónicas del universo de Allende. Una mujer atravesada por lo espiritual, lo intuitivo, lo que no se ve pero ordena la historia.

“Siento que tengo voz, pero también porque aprendí a no ponerme en lugares donde sé que no me van a escuchar. Estuve en situaciones donde me sentí muy pequeña, y no quiero volver a eso”.

“Fue el primer proyecto en mucho tiempo que me devolvió las ganas de rodar. Cuando leí el guión sentí que todo volvía a tener sentido, como si se me alinearan las inspiraciones creativas. Además, es el libro favorito de mi madre, y poder compartirlo con ella hizo que todo fuera todavía más especial”, cuenta.

La serie no es una adaptación más. Es la primera vez que esta historia se lleva a la pantalla en español, con una mirada que recupera su raíz latinoamericana y pone el foco en las mujeres, en la memoria y en los vínculos que atraviesan generaciones. En ese entramado, el personaje de Nicole no solo habita la trama, la sostiene.

“Me atrajo esa posibilidad de contar la historia desde un lugar más mágico, más espiritual. Clara es un canal para hablar de muchas cosas que no siempre son visibles, y eso me parecía muy potente”, explica. Pero el desafío no fue solo creativo. También hubo incomodidad. “Tuve bastante síndrome del impostor. No soy latinoamericana, tenía que trabajar el acento, la época… estaba fuera de mi zona de confort. Pero entendí que ahí es donde más crezco”.

En una historia donde lo invisible pesa tanto como lo político, la conexión personal no tardó en aparecer. “Hay muchísimas cosas con las que podés conectar como mujer. A veces están tan naturalizadas que ni siquiera las vemos hasta que aparecen en pantalla. Clara tiene algo muy hermoso: vive para ayudar a los demás, para hacer del mundo un lugar mejor. Y eso, de alguna manera, me atraviesa”.

La construcción del personaje exigió algo más que técnica. Hubo investigación, sí, pero también intuición y una apertura emocional particular. “Fui muy consciente del peso histórico de la historia, de todo lo que atraviesan las mujeres en distintos contextos. Hice mucho research, pero también busqué conectar desde otro lugar, más espiritual. Y ahí entendí algo fuerte: muchas de esas violencias siguen existiendo hoy. La historia se repite”.

Ese nivel de conciencia también aparece cuando habla de la industria. Nicole Wallace forma parte de una generación que creció en un contexto donde las narrativas femeninas empezaron a ganar espacio, pero no necesariamente poder real. Y su mirada es tan entusiasta como crítica.

“Siento que el mejor arte que está saliendo hoy viene de mujeres. Es más sensible, más honesto, y eso también se nota en los sets: son espacios más cuidados, más humanos. En este proyecto había muchas mujeres liderando y eso cambia todo”, dice. Pero enseguida baja a tierra: “Todavía falta reconocimiento. Y también revisar lo que pasa puertas adentro. Hay dinámicas que siguen siendo muy violentas y que no se visibilizan lo suficiente”.

“Me calma mucho estar con la gente que me conoce desde antes de todo esto. Amigos de la infancia, del colegio. Ahí hay algo muy real, una versión mía que sigue existiendo aunque a veces se me olvide”.

En ese contexto, su posicionamiento es claro. “Yo siento que tengo voz, pero también porque aprendí a no ponerme en lugares donde sé que no me van a escuchar. Estuve en situaciones donde me sentí muy pequeña, y no quiero volver a eso”.

Fuera del set, la conversación se vuelve más íntima. Porque si hay algo que atraviesa este momento de su vida es la pregunta por la identidad. Crecer frente a cámara, bajo la lógica de la exposición constante, no es un detalle menor.

“Vivimos en un momento en el que todo el tiempo somos percibidos. Y eso hace que también nos miremos desde afuera. Es raro, y a veces es difícil saber qué es auténtico. Este año me propuse no obsesionarme con eso”, dice. La respuesta, en su caso, no está en el aislamiento, sino en el regreso. A los vínculos de siempre, a lo que permanece.

“Me calma mucho estar con la gente que me conoce desde antes de todo esto. Amigos de la infancia, del colegio. Ahí hay algo muy real, una versión mía que sigue existiendo aunque a veces se me olvide”.

Las redes sociales, como era de esperar, ocupan un lugar ambivalente. “Tengo una relación de amor-odio. Me gusta la parte creativa, pero también hay momentos en los que no quiero estar ahí, no quiero ser vista todo el tiempo. Intento equilibrarlo, pero no es fácil”.

En paralelo, la estética, la moda y la imagen aparece como un espacio de experimentación, pero también de reconstrucción personal. “Después de estar meses siendo otro personaje, necesitás volver a vos. Y eso también pasa por cómo te vestís, cómo te mostrás. Hoy mi prioridad es divertirme más, disfrutar ese lado”.

En el fondo, todo parece converger en una misma idea: la búsqueda de autenticidad. En el trabajo, en la exposición, en los vínculos. Y quizás por eso La casa de los espíritus llega en este momento preciso. Porque habla justamente de eso: de lo que se hereda, de lo que persiste, de lo que no se ve pero sigue operando.

Antes de cerrar, Nicole menciona un deseo: explorar más la fantasía, volver a ese universo que la formó. Pero de algún modo ya lo está haciendo. En esta historia donde lo mágico no es un escape, sino una forma de nombrar lo real.

Y mientras habla, vuelve esa pausa. Ese pequeño silencio cargado de sentido. Como si, en medio de todo, todavía estuviera escuchando algo más. Algo que no necesita explicarse. Algo que simplemente está ahí. Como los espíritus.