(Nestor Grassi)

Foto: Nestor Grassi

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Moda | Hoy 15:02

Fernando Stolovas, fundador de Chronos: “Un reloj tiene que emocionar: es una obra de arte portable”

Fernando Stolovas, fundador de Chronos, analiza las tendencias que marcaron la edición 2026 de Watches and Wonders y reflexiona sobre el presente de la alta relojería: desde el regreso a los íconos hasta el desafío de conectar con las nuevas generaciones.

Es un apasionado de la relojería, curioso y con un impulso constante por aprender y transmitir ese conocimiento. Fernando Stolovas entiende la relojería no solo como un negocio, sino como una cultura con valores sólidos que se estudia, se redefine y se comparte, una lógica que también traslada a su forma de trabajar con el staff de Chronos.

“Nosotros trabajamos acompañando momentos muy lindos de la gente: agasajos, festejos… y yo soy un privilegiado de poder trabajar de lo que amo”.

“Los relojes son el deseo inconsciente de manejar el tiempo. Su compra empieza mucho antes de tenerlo en la muñeca: comienza cuando se lo sueña”.

Escucharlo es entrar en un universo donde cada frase abre una idea distinta: su mirada recorre la historia de la relojería, su presente y las transformaciones que atraviesa la industria. “El reloj te tiene que emocionar, es como una obra de arte portable. Cuando se lo ponés a un cliente en la muñeca y le brillan los ojos, gran parte de la venta ya está hecha”, dice. Y agrega una reflexión que resume bastante su manera de entender la relojería: “Los autos son el deseo inconsciente de manejar la velocidad y los relojes, el deseo inconsciente de manejar el tiempo”.

Chronos nació en 2008, pero la historia de Fernando con la relojería empezó mucho antes: desde los 16 años trabajó en joyerías y, con el tiempo, representó durante años a reconocidas firmas internacionales del sector. Lo que comenzó con un pequeño local en Plaza San Martín terminó convirtiéndose en una empresa con presencia en cuatro países y seis tiendas, posicionándose hoy como uno de los referentes de la alta relojería y el lujo en la región.

“Lo más comentado de la feria fue la reinterpretación del oyster perpetual de rolex que cumplió cien años de su creación”.

Volver a las bases

En su visita número 29 a Watches and Wonders —la feria más importante de la industria relojera, que se realiza cada año en Ginebra—, asegura que la industria atraviesa un momento de madurez. En un contexto global de incertidumbre económica y geopolítica, las grandes marcas optaron por la prudencia: menos estridencia, más continuidad.

Lejos de lanzamientos disruptivos, la tendencia fue el retorno a los íconos. Modelos históricos fueron revalorizados con pequeñas mejoras técnicas y estéticas, sin alterar su esencia. “El foco estuvo en la evolución más que en la revolución”, define con claridad. En el caso de Rolex, una de las novedades más comentadas fue la reinterpretación del Oyster Perpetual, al cumplirse cien años de su creación, retomando líneas puras y referencias directas a su ADN original. También se consolidó una estética más equilibrada: cajas más pequeñas, esferas simples y una mayor atención al confort y la precisión.

El discurso general apunta a un regreso a las bases de la relojería: más foco en el oficio, la mecánica y la obsesión por los acabados.

El valor de lo atemporal

Hoy el consumidor de lujo busca algo distinto. Hay un sinceramiento: ya no se trata de demostrar, sino de disfrutar. El lujo ostentoso pierde peso frente a la emoción, el diseño y la conexión personal con el objeto.También aparece una nueva lectura generacional. El desafío de la industria es acercar a los más jóvenes a la relojería en un mundo donde la hora se mira en el celular. El objetivo es recuperar el gesto de mirar la muñeca.

El primer paso es que exista un vínculo con el objeto: que un reloj vuelva a ocupar ese lugar cotidiano. Incluso si en un comienzo se acercan desde estilos más accesibles, lo importante es generar el interés inicial. Con el tiempo, ese acercamiento puede transformarse en apreciación por la relojería más tradicional, casi como sucede con el tango: al principio puede no resultar cercano, pero con el tiempo se descubre su valor.

En los jóvenes de veinte años en adelante, él percibe curiosidad y una cierta vuelta a lo esencial, a los objetos atemporales y con historia, muchas veces influenciados por lo que ven en sus padres. Ahí también aparece un vínculo afectivo y familiar con los relojes. “Mis hijos me agarran mis relojes y les explico cuáles pueden usar y cuáles todavía no”, comenta entre risas.

Porque, en definitiva, la compra de un reloj empieza mucho antes de tenerlo en la muñeca: comienza cuando se lo sueña, se lo descubre en una campaña o en una vidriera. Después llega el momento de probarlo, mirarlo en la muñeca y finalmente hacerlo propio. Porque, muchas veces, el verdadero valor del reloj también está en todo lo que sucede antes de tenerlo.