(Nestor Grassi)
Foto: Nestor Grassi
Foto: Nestor Grassi
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Foto: Nestor Grassi
Foto: Nestor Grassi
Foto: Nestor Grassi
Nat Rosenfeld: así es su casa en Beccar, entre moda, diseño y gastronomía
La estilista Nat Rosenfeld encontró en Beccar una casa luminosa y alegre que refleja su estética y su espíritu descontracturado. Allí convive con su pareja, chef y compañero también de un nuevo proyecto gastronómico en Recoleta, tan fresco como su universo creativo.
En medio del invierno más gris y brumoso del que Buenos Aires tenga registro, un sol radiante se cuela en el calendario. Y es la ocasión justa para visitar la nueva casa de Nat Rosenfeld, estilista internacional y desde hace casi un año también emprendedora gastronómica al mando de Cucina Carmela, su restaurante en Recoleta. Descalza, con el jardín todavía con rocío y los ventanales de doble altura dejando entrar toda la luz posible, hace los honores de anfitriona. Por detrás, en la galería y casi como una postal fija, su pareja, el chef sardo Daniele Pinna, hacha leña para alguna creación futura. Así son los días en esta casa de Beccar en la que se mudaron hace unos meses y donde Nat va desplegando su estilo y encanto.
La luz natural fue uno de los motivos por los que se decidieron por esta casa. En el living se luce especialmente.
Dos islas, una casa
Después de un tiempo en una casa antigua y más oscura, llegaron aquí en mayo buscando luz y verde. No es casualidad: los dos crecieron en islas -ella en Miami, él en Cerdeña- y la naturaleza y el sol eran un requisito no negociable. “Trabajamos desde casa de día y en el restaurante de noche, entonces la luz y también la seguridad, por las hijas de Dani, eran fundamentales”, cuenta Nat. Zona Norte, agrega entre risas, es territorio no negociable: “Con mi pareja no me mudaría jamás a un departamento. Nos echan en una semana”.
Tampoco sorprende que el living y la cocina sean los ambientes más habitados. “Soy gringa, y para el gringo la cocina es el corazón de la casa. Y con Dani siendo italiano y chef, ni te cuento...”. La puerta que conecta el living con el jardín queda siempre abierta, borrando el límite entre adentro y afuera. Hasta las gatas, Lucy y Trufa, parecen más felices ahí.
En el comedor, la mesa puesta sobre una de las creaciones de Daniele, muy habilidoso con la carpintería.
La estética de la casa es mayormente de Nat, que además de anfitriona trabaja en moda y vestuario; la ejecución, de las manos de Daniele. La mesa del comedor (patas de hierro de un amigo, tabla que él rescató) es una de varias piezas que nacieron así: el sillón de la galería se armó con el respaldo de la vieja cama de Belina, la hija menor de Daniele (Nicole es la mayor). Hasta la mesa exterior, hecha con madera encontrada, revivió en sus manos. “Nunca veo su visión hasta que está terminada”, confiesa Nat, “siempre soy la que duda de todo, y después él se luce”.
“Mi estilo también se traduce a mi casa: soy relajada. Vengo de una familia muy estructurada, y a mí me gustan las casas que se viven. Mucha madera natural, arte sin sobrecargar, texturas combinadas”
De Miami a Recoleta
Hija de madre cubana y padre argentino, Nat nació y se crió en Miami, “en una zona tranquila, donde siempre estaba descalza, en una lancha”, lejos de la versión vertiginosa de hoy. Estudió Business en la Universidad de Miami, pero ya a los 17 años trabajaba en Ever After, una reconocida tienda de vestidos de novia, donde una mentora la formó como estilista en una época en que la palabra casi no existía. De ahí saltó a Saks Fifth Avenue, vistió a Adria Arjona, a Ricardo Arjona y a Alejandro Sanz, hizo comerciales para Pepsi, vivió cuatro años en Nueva York y encontró su nicho definitivo: la Fórmula 1. Hoy viste a pilotos y a sus parejas (entre ellas, a Carmen Montero Mundt, recién comprometida con George Russell, y a las novias de los dos pilotos de Haas). Lo hace a la distancia, con un solo viaje al año a Miami, antes del Gran Premio.
La otra mitad de la historia empieza en Buenos Aires, hace cinco años, cuando el padre de Nat se enfermó y ella viajó a verlo. Una noche la invitó a comer “al restaurante de su amigo, el tano”. Daniele entró al restaurante “como un terremoto” y se acercó a la mesa a mitad de la cena a preguntar quién era ella. Cuando el padre respondió “mi hija”, la miró y sentenció: “Vos vas a salir conmigo mañana y vos vas a ser mi nuevo suegro”.
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La cita sucedió, y aunque Nat volvió a Miami al día siguiente -la esperaba un comercial de Sephora-, durante tres años sostuvieron una relación a la distancia, hasta que ella decidió mudarse. Hoy hace dos años y medio que vive en Buenos Aires.
En ese tiempo, Daniele cerró La Locanda, su restaurante de catorce años en Recoleta, y juntos abrieron
Cucina Carmela en el mismo local. Aunque parece otra vida: un lugar más informal, con aire al West Village de Nueva York, donde Nat vivió. El apodo que le da nombre nació de una broma: como su expareja también se llamaba Daniel, Nat empezó a decirle Tony, por Tony Soprano, y él le devolvió la gentileza bautizándola Carmela, como la esposa de la ficción.
Hoy conduce la cocina Martín Ávalos, chef ejecutivo, con Blas Pugliese como segundo, mientras Daniele diseña el menú y supervisa de cerca. Entre los platos insignia está la milanesa con spaghetti al limone que ella le pedía “fuera de carta” cuando todavía existía La Locanda, y la focaccia, receta de la madre de Daniele. “Pero Cucina tiene su propia identidad”, dice Nat, apelando a una cocina relajada y para todos los días. Ella además se ocupa del estilismo de cada mesa (limones, tomates, mantelería) y ya sueña con ampliar la marca hacia una pizzería y un café.
Doble altura y ventanales amplios, el sello de una casa moderna que enamoró a esta pareja.
Entre la moda y los fuegos, entre Miami y Cerdeña, Nat y Daniele armaron algo más simple de lo que suena: una casa con la puerta siempre abierta, donde la luz, el verde, los recuerdos de viajes y las ollas burbujeantes cuentan la misma historia de amor.
Fotos: Néstor Grassi.