jueves 21 de marzo de 2019

SOCIEDAD | 1 week ago

Tejedoras de la Puna: un oficio ancestral para sobrevivir

Las hilanderas y tejedoras son parte del paisaje de la puna, y de la historia porque reflotan técnicas heredadas de sus antepasados aborígenes. Pasión por lo artesanal y un modo digno de sustento familiar frente a la adversidad. 

Sus trajes a veces muy coloridos y otras más opacos son parte indisoluble del paisaje de la puna. Ellas son protagonistas absolutas de este tapiz norteño que se completa con los famosos cerros de colores, las humildes casas de adobe y los tradicionales animales y cardones. Aprendieron las técnicas de hilado, tejido y bordado de sus antepasados aborígenes y en la actualidad estas actividades son su único sustento. Aunque la soledad del paisaje nos hace imaginarlas aisladas, son lo contrario. Andan con smartphones en mano, administran páginas de Facebook, manejan por las rutas empinadas y de ripio y viajan por el país y el mundo mostrando y vendiendo su arte. “Gracias a la artesanía pude criar a mi hija que hoy tiene 15 años, terminar mis estudios secundarios, capacitarme en el terciario para ser docente de manualidades y hoy en enseñarle lo que aprendí de mi abuelita a mis alumnos de primaria”, cuenta Celia Gregorio con una enorme sonrisa que ostenta brackets. “Esto también me lo pude pagar gracias a mi trabajo”, agrega. La cumbia boliviana se entremezcla con la música de una procesión patronal en Humahuaca y en un salón modesto prefabricado y escondido en medio de una feria de alimentos está sentada mónica Quipildor (29). Esta artesana de Caspalá cuenta con una voz tan baja como dulce que tuvo hace cinco años un grave problema de salud que interrumpió su ocupación como niñera. “Vivía encerrada en mi casa sin hacer nada. Tenía una gran depresión hasta que recordé lo que había aprendido de mi abuela y comencé a bordar. De a poco fue como mi segunda terapia, aparte de la psicológica. Como no salía de mi hogar, mi hermana me ayudó a vender algunas prendas y así de a poco encontré una ocupación, me animé a andar por la calle a mostrar lo que hacía y comencé a interactuar con gente nuevamente. Hoy ser bordadora es mi oficio, así me mantengo, me siento realizada”, cuenta. Cándida Coronel, también de la localidad de Caspalá, es tímida, pero entra rápido en confianza y comienza a hablar sin respiro sobre el oficio que la hace sentir “viva, útil, orgullosa y más que nada conectada con mis antepadados”. Es madre de un nene de 3 años y está “juntada”. En Humahuaca trataba de sobrevivir y mantener a su familia con un plan social de la provincia, pero como no le alcanzaba comenzó a bordar por encargo. “En nuestros pueblos cada vez hay más vicios, las jóvenes se la pasan escuchando música, tomando alcohol y capaz hasta (hace un largo silencio) caen en las drogas, entonces creo que este saber de nuesta gente es esencial para que se ocupen y armen un camino para vivir bien”, explica mientras muestra un enorme rebozo que bordó ella misma con las flores coloridas del paisaje de los valles.

Tejedoras de la Puna
RESPETO POR LA TIERRA 
La casa de Ilabia Lucrecia Cruz (57) en el pueblito de Huacalera se encuentra a la vera de la ruta 9, allí en el fondo – y con vista a una cadena pintoresca de cerros colorados- tiene también un taller con 4 telares y enseña a chicas el oficio que proviene de sus bisabuelos salteños: tejer en telar. Ella es la única en la provincia de Jujuy que aún domina la técnica precolombina de telar en la cintura. “Teje con los hilos puestos en su propio cuerpo, por eso ganó dos reconocimientos del Fondo de cultura y viajó a perú”, cuenta celeste Valero, la cuarta hija de Elabia, que ya con estudios universitarios y sin perder su conexión con la tradición familiar decidió potenciar el saber de su madre y crear la comunidad textil Kenko. “No soñaba con nada, vivía en la granja y ese era mi mundo, hilando y tejiendo para mi familia, después me casé, fui mamá... y ahora me encuentro con todo esto que es muy lindo, tomé aviones, enseño a chicas jóvenes a tener una salida laboral para aportar a la casa. No lo puedo creer”, señala Ilabia, que en este momento está instruyendo a 5 mujeres a tejer lana de llama. Una de ellas es Mirta Vanesa torres (34), oriunda de Yala de Monte Carmelo. “Tengo a mi mamá enferma y soy hija única, así que este oficio me permite trabajar en casa para cuidar de ella y de mi hijo, ya que soy madre soltera. Ya perdí la cuenta desde hace cuanto me mantengo sola gracias a mi oficio. Antes de dedicarme a esto se me cruzó por la cabeza hacer de todo, primero estudiar enfermería, luego anotarme en la Gendarmería, pero no quedé por petisa, entonces me dediqué a hacer cursos. Hice la tecnicatura en Desarrollo indígena en Tilcara para rescatar valores ancestrales de las tribus y conocer las leyes que nos amparan”, explica la artesana. En otra punta del salón se encuentra Celeste Valero, la gran factótum de esta cooperativa, que explica, además de lo importante que es este trabajo para sus familias, lo esencial que es para el medio ambiente. “Sin pensarlo estas mujeres vienen hace siglos trabando de manera ecológica. No nos esforzamos por ser amigas de la naturaleza, simplemente lo somos y cuidamos el planeta utilizando los materiales propios que después vuelven a la tierra: esquilamos las llamas, teñimos con productos naturales y tejemos sin generar desperdicio. Nunca le hicimos un daño al planeta. Es interesante hacerle entender a las artesanas y a los consumidores este concepto que le aporta muchísimo más valor del que tienen a los que hacen”, explica. 

Tejedoras de la Puna
UNIDAS CON VISTA AL FUTURO 
La mayoría de las tejedoras soñaron con ser madres y lo fueron, así como también con tener una carrera terciaria o universitaria. “Siempre quise ser maestra, pero vivíamos en condiciones muy difíciles y mi familia no pudo sustentar mis estudios, entonces trabajar fue mi única opción”, explica Nélida Velázquez (30) de Huacalera, que agrega orgullosa: “Nuestro sueños -habla en el nombre del grupo- fueron cambiando. Hoy queremos vivir de lo que hacemos y crecer en comunidad. La única manera para poder salir adelante es juntas y haciéndonos respetar”. Muchas cooperativas de la puna -y de la mano de comuneras y programas provinciales y nacionales- lograron vender algunas de sus productos a diseñadores y marcas de Buenos aires y hasta llegaron a exportar. “Antes nos daba vergüenza usar nuestros trajes, nos obligábamos a usar jean y la camisa que estaba de moda, pero cuando comencé a bordar y tejer me di cuenta que no teníamos que avergonzarnos de nuestras raíces. Todo lo contrario, nosotras somos así y la gente nos tiene que ver como somos. Unidas entre todas, con trabajo cooperativo entre los diferentes pueblos y apelando al comercio justo vamos a salir a adelante y a pintar el mundo con los colores de la Quebrada. Ese es nuestro sueño y nuestro gran desafío”, culmina Gregorio. 

Tejedoras de la Puna

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