domingo 26 de septiembre de 2021

SOCIEDAD | 04-08-2021 19:15

Cuando el arte del tatuaje ayuda a sanar cicatrices profundas

Violencia de género, quemaduras, enfermedades… Junto a Mandinga Tattoo, más de 1500 mujeres lograron transformar el dolor en amor y resiliencia. Acá, 5 de ellas nos comparten sus valientes historias.

Las Fénix y el Club de las Tetas Felices. Así bautizó Diego Staropoli, dueño de Mandinga Tattoo a las numerosas mujeres (ya vas más de 1500) que hace años tatúa gratis para cubrir sus marcas y cicatrices, producto de accidentes, de episodios de violencia de género o de enfermedades como cáncer de mama.

A las primeras les adorna las cicatrices y quemaduras y a las segundas les devuelve el color rosado de las areolas perdidas en la mastectomía. 

 

Lidia Lanvers: “Después de la mastectomía me sentí mutilada, no me quería ni mirar"

Tatuajes reparadores
Lidia es “socia-fundadora” del Club de las Tetas Felices, mujeres que se tatuaron la areola de sus pechos.

A este último grupo pertenece Lidia Lanvers (67), quien cuenta: “Después de la mastectomía me sentí mutilada, no me quería ni mirar, pero Diego y su arte y empatía se cruzaron en mi camino para hacerme sentir fuerte, me dio un grupo de pertenencia en el que nos cuidamos, nos acompañamos y nos apoyamos cuando alguna recae”.

“En 2007 me descubrí un tumor. Me tuvieron que sacar el pecho y fue el peor año de mi vida. Tuve que hacer quimio, rayos y se me cayó todo el pelo. Me iba a bañar y no podía tocarme o mirarme. El médico me dijo que al año podían reconstruirme la mama y yo creo que ese mismo día ya estaba tocando la puerta del consultorio...”, relata y agrega: 

“No fue un proceso sencillo para nada, para empezar porque los efectos secundarios de la quimio y los rayos me habían dejado la piel extremadamente seca. Por suerte, uno de los médicos me propuso sacar un músculo del abdomen y hacer la reconstrucción a partir de ese tejido. Era una intervención más dolorosa y riesgosa, pero le dije que sí. Finalmente tuve mis senos. Cuando me miré la unión de los dos pechos lloré de alegría. Después si me pasaba algo feo o me ponía triste volvía a mirarme para volver a sonreír…”

“Más tarde –continúa- me reconstruyeron el pezón, pero me mandaron a pigmentar la areola y salía una fortuna. Pensé ‘para qué la quiero’, aunque me sentía incompleta. Fue ahí cuando mi hermana me llamó y me propuso ir a ver a Diego. Nunca más me voy a olvidar el día que nos conocimos. Me hizo pasar y comenzó a hacerme el tatuaje mientras me hablaba sin parar. Jamás mencionó que era la primera vez que hacía algo así en su vida. Cuando terminó, me miré en el espejo lo abracé y le dije ¡te quiero!”.

“Al primer año de esto, en el Día de la Concientización por el Cáncer de Mama nos invitó a todas ‘las tetas felices’ a una comida. Bailamos y comimos como si fuésemos amigas de toda la vida.  Fue ahí que se gestó este grupo hermoso que desde entonces sabe que nos tenemos la una a la otra para lo que sea”.

 

Laly Juárez: “Antes me avergonzaban mis cicatrices, ahora las adorné y las luzco”

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El accidente que Laly sufrió a los 18 le dejó el 30% del cuerpo con quemaduras.

El accidente doméstico que Laly (29) tuvo a los 18 años la marcó para siempre: “El 25 de febrero del 2010, a las 8.30 de la mañana, estaba en mi casa de San Justo con mi mamá, que se iba a la peluquería. Me dijo ‘desayuná tranquila que cuando vuelva nos vamos a ver a la tía’. Pero eso nunca sucedió”, arranca y agrega:

“Puse la pava eléctrica y me fui a la computadora a chatear. En eso suena la pava y al levantarla comienzo a sentir olor a quemado. Buscaba donde pero no encontraba nada. Era yo: el fuego había agarrado mi puño y al toque se prendió a la camperita de nylon que tenía sobre el camisón. Empecé a correr, a mover los brazos, pero fue peor. Entonces abrí la puerta de la cocina y salí al patio. Ahí hizo una explosión por la entrada de oxígeno y el fuego de convirtió en llamas. Era literalmente una hornalla viva. Mi mamá tenía unas sábanas colgadas y a mí me preocupaba no quemarlas ni quemar mi casa. No sentía dolor ni tomaba dimensión de lo que me estaba pasando. Antes de que me llegara a la cara, entré y me metí en la ducha, me arranqué lo que tenía puesto y empecé a ver sangre por todos lados”, relata.

“En ese momento –prosigue- me dio sueño, luché por no quedarme dormida y salí de la ducha. Llamé a una ambulancia, pero enseguida comenzaron los ardores insoportables. Llamé a mucha gente y empecé a gritar sin parar. No sé cómo hizo la madre de una amiga que vive a bastante lejos de casa para llegar en tan poco tiempo ahí... Sólo recuerdo que le abrí la puerta, le mostré lo que me había pasado y enseguida me dijo a los gritos: ‘Nos vamos al hospital’. Yo metí a mi perra, cerré las ventanas, el patio, la puerta de mi casa y le entregué las llaves. Vi todo negro hasta que me desperté en el hospital 7 días después de un coma inducido”.

“En total estuve 3 meses internada. De ese tiempo me acuerdo poco. Estaba dura, petrificada. Me tuvieron que rapar, estuve realmente muy grave, con las glándulas mamarias al aire, sin piel, por lo cual me apartaron dentro de terapia intensiva y estaba sola. Mi único plan social era ir a operarme 3 veces por semana. Al menos ahí veía gente y hablaba con alguien…”, recuerda.

“Nunca sufrí discriminación por mi aspecto. No es la mirada ajena lo más difícil, sino lo que yo imaginaba que los demás veían en mí. Vivía tapada. Estuve dos años sin salir. Si no hubiera sido por mis padres no salía más a la calle. De a poco me fui animando y una vez, la mamá de una amiga me dijo ‘tenés que tatuarte toda, ahora encima está de moda’. Ahí empecé a averiguar".

"Al principio -relata- nadie quería tatuarme porque tengo el 30% del cuerpo quemado. Finalmente di con Diego y Mandinga Tattoo, que incluso trabaja con una médica que me evaluó y me hizo sentir muy tranquila. Me animé a tatuarme casi todas las cicatrices, todavía faltan un par. Fue un largo proceso que me ayudó mucho a aceptarme. Eso fue lo más importante que me dio el tatuaje, más allá de un lindo dibujo en la piel. Antes me avergonzaban mis cicatrices, ahora las adorné y las luzco. En definitiva, ellas me hicieron ser quién soy, logré ser feliz y son parte de eso”.

 

Yanina Maidana: “Me llevó casi un año poder desnudarme y volver a tener sexo”

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Su ex pareja la drogó y quemó. En la casa también estaba su hija, a quien Yanina salvó antes de desmayarse.

En 2010 Yanina tenía 24 años y una hija de tan sólo 3, Mía. Estaba separada, estudiaba, trabajaba y comenzaba una relación con quien se transformaría, pocos meses más tarde, en su peor pesadilla.

“Conocí a Leandro en el bar donde trabajaba como camarera. Empezamos a salir y a los dos meses me di cuenta de que él consumía cocaína. Mi primera reacción fue querer ayudarlo porque cuando no estaba drogado era ‘el chico maravilla’. Pero llegó un momento en que no di más”, relata.

“Después de separarnos comenzó a aparecer en mi casa o en mi trabajo haciendo escenas. Una vez llegó muy drogado preguntando por mí a los gritos. Le dijo a mi tía, que estaba cuidando a mi hija, que si yo no era de él, no era de nadie. Después de eso lo busqué para decirle que no volviera a hacer un escándalo así, pero la realidad es que estaba aterrada. Vivo sola desde los 16, edad a la que me fui de mi casa por un padrastro que me violó y nos pegaba. Tenía el recuerdo fresco de haber acompañado a mi mamá a la comisaría muchas veces y conocía de memoria las respuestas ante cada denuncia de violencia de género”, afirma.

“Por momentos, me cuesta hilar los acontecimientos. Sé que una noche volví de trabajar tarde y me desperté en llamas. Lo miré a Leandro que estaba sentado en la cama mientras yo me quemaba. Le dije ‘me estoy quemando’ y él lo único que hizo fue salir por la ventana”. 

“Mi casa era prefabricada, toda inflamable. No sé cómo rompí una pared de durlock para llegar donde estaba mi hija. La dejé en la vereda y no recuerdo más nada en imágenes. En sonido me acuerdo de todo. Oía a mi hija que pedía por mí, escuchaba explosiones y cómo él me insultaba”.“Después me contaron que se quiso escapar, se llevó mi moto y los chicos de la esquina lo agarraron. También que enteré que me había dado Clonazepam porque apareció en los análisis que me hicieron y porque un chico que vende pastillas en el barrio me lo contó”. 

“Mi hija, que hoy tiene 14 años, estuvo 15 días sin hablar y después en cámara Gesell contó que Leandro y yo habíamos peleado, que él nos tiró ‘agua’ (después se encontraron rastros de líquido inflamable en mi cuerpo), encendió una vela y a ella la encerró. La conclusión final de los investigadores fue que no había suficientes pruebas para condenarlo. Leandro Me siguió escribiendo por redes durante años, por eso voy cambiando mis cuentas, aún hoy que estoy casada y tengo otra hija de dos años”.

“Estando internada se me hizo una obstrucción en una vía central y eso me provocó un ACV. Me llevaron de urgencia a una clínica y quedé en coma 20 días. Tuve insuficiencia renal, paro cardio respiratorio, neumotórax y casi me muero. Estuve 3 meses en terapia intensiva, 2 meses en intermedia y después me dieron el alta. Por suerte mi hija sólo tuvo dos quemaduras superficiales por el vapor. Yo tengo el 40% del cuerpo quemado, además de quemaduras respiratorias”.

“Durante 11 años fui a todos lados de remera manga larga, aunque hiciera 40 grados de calor. Me llevó casi un año poder desnudarme y tener sexo con mi actual marido, Alejandro. Por eso conocer a Diego fue renacer. Me devolvió la seguridad, el disfrute de ir a comprar ropa con Mía, de estar en paz en la playa jugando con mi beba Sofía… Sé que no voy a tener más bebés. Mi embarazo fue de alto riesgo por cómo quedé después del incendio, por lo que tuve que ligarme las trompas”.

“De poco voy pasando por este proceso de aceptación. Volver a usar escote, mangas cortas… Mis afectos están conociendo a otra Yanina, mi nuevo yo”.

 

Nerea Zuk: “Al verme tatuada siento que esa nena que salió a jugar y sufrió ese horrible accidente está volviendo a casa sana y salva”

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Nerea también debió lidiar con el bullying y con una relación violenta y abusiva durante su adolescencia.

Quilmes, 14 de febrero de 1998. Nerea (29) tenía 6 años y recuerda ese día a la perfección: 

“Llevaba una mochila llena de cosas que me llamaban la atención de los adultos como colillas de cigarrillo, un perfume que me había regalado mi hermana y fósforos. Pedí permiso para salir a jugar con mis amigas en la calle y ellas me propusieron hacer una fogata. Como no encendía y yo había sacado el perfume para ponerme en todos lados, se me ocurrió echarle un poco a la pila para prenderla. Con la mano derecha tiré un poco de perfume y ahí nomás explotó el frasco. Enseguida me prendí fuego por completo”, relata.

“Recuerdo ver todo negro: el humo negro que salía de mi piel. No registré dolor en el momento. Mi mamá tenía una pileta armada en el fondo y al verme me alzó a upa y me tiró al agua. Recuerdo sus gritos y la sensación de las toallas pegándose a mi piel después. Estuve internada 5 meses en el Hospital del Quemado de Caballito, donde me salvaron la vida y donde tuvieron que pelarme las dos piernas para extraer piel sana y poder hacer injertos. Todos los días entraba al quirófano. Vivía las curaciones aterrada, no sé si mi mente las imaginaba o realmente quedaba con los ojos abiertos. Era aterrador. No pude caminar durante un largo tiempo. Tuve que aprender todo de nuevo. Estuve con psicóloga, maestra en el hospital y así hice mi primer y segundo grado.

“Si bien lo único que quería era volver a la escuela, la verdad es que fue terrible la forma en la que me trataron. Sufría ataques permanentes, no tenía amigas… Me volví una nena introvertida, vivía tapada hasta el cuello, me sentía sola e incomprendida”.

“A los 11 años conocí a un nuevo grupo de chicas que son mis amigas hasta el día de hoy. Eso me devolvió la autoestima y de a poco volví a usar remeras, me animé al traje de baño, a bailar árabe… También empecé un proceso de cirugías reconstructivas que duró hasta mis 26 años y que terminó cuando no pudieron recuperar mis mamas. Decidí parar: estaba cansada”.

“De mis 15 a los 17 viví una relación muy tortuosa y violenta. Mi ex me pegaba, me amenazaba, me asfixiaba y terminó abusando sexualmente de mí. Me decía que nadie me iba a querer toda quemada... Un profesor me ayudó finalmente a denunciarlo. Aunque me costó mucho volver a creer y a relacionarme con alguien, hoy estoy felizmente en pareja hace 7 años”.

“A Diego Mandinga lo conocí en una Expo Tattoo. Lo empecé a seguir en redes y me llamó la atención lo que hacía tatuando las areolas a mujeres que habían padecido cáncer. Parecían tan reales…  Yo había perdido por completo los pechos, así que pensé ¿por qué no?”.

“Cuando me vio toda quemada enseguida se puso a total disposición, me ofreció hacerme las areolas y lo que quisiera. Yo estaba en shock, no me salían las palabras de agradecimiento. Me tatuó los pezones en el momento. Fue muy emocionante. Hoy cuando me veo tatuada siento que esa nena que salió a jugar y sufrió ese horrible accidente está volviendo a casa sana y salva. Me estoy disfrutando, me siento plena. El tatuaje no borró la cicatriz, pero sí transformó el dolor en una obra de arte”. 

 

Jesica Mela: "El tatuaje sanador fue un antes y un después en mi vida"

Jesica Mela
Jesica y su "nueva familia" en Mandinga Tatto. 

Actualmente, Jesica (36) es agente de tránsito, es feliz y recuperó su tranquilidad pero en el 2008 sufrió violencia de género por parte de su novia, que la agredió prendiéndola fuego. Su agresora no está presa, por lo cual la revictimización judicial hace sangrar aún las heridas.

“Discutíamos por teléfono con la que en ese momento era mi novia. Convivíamos en un PH y yo estaba estudiando en casa. Cuando ella llega del trabajo seguimos discutiendo. Yo bajo a ordenar unos papeles que quedaron sobre la mesa y la pierdo de vista por un segundo. Me llama por mi nombre y cuando me dio vuelta hacia donde venía la voz, algo que me chorrea me hacer arder los ojos. Levanto la vista y siento una explosión. Estaba prendida fuego“.

“En la desesperación me arranqué la musculosa que tenía puesta, me caí sobre una moto mía que estaba sobre la pared hasta que logré salir a la puerta de casa y pedir ayuda a los vecinos. En ningún momento perdí el conocimiento, pero después solo recuerdo el hospital“.

“No logré que la condenaran. Estuve 12 años en juicio con ella porque le daban una pena abreviada hasta que cuando llegamos a la Corte Suprema inexplicablemente la absuelven. Hasta culpan a mi familia porque estando yo internada deshicimos el contrato de alquiler y por pedido mío que no quería volver a esa casa, mi familia le pidió que sacar sus pertenencias. Sus abogados ofrecían darme una mensualidad de por vida, pero yo no quería plata quería que la condenaran y por eso no acepté y seguí. Las pruebas eran infinitas porque además los expertos saben las qué quemaduras son causadas adrede y cuáles no. Sin embargo la justicia responsabiliza a la víctima. No es fácil de sobrellevar“.

El tatuaje sanador fue un antes y un después en mi vida por la calidad de personas que conocía a partir de esa experiencia. Desde que me conecté con la Fundación todo fue un nuevo comienzo. Tanto es así que le pedí a diego que entre todos los dibujos me tatuara una sola palabra: RENACER".

“Mis marcas me dolían y las horas que tanto Diego como su hermana Jimena, la recepcionista del local en Lugano, me hablaron me enseñaron a ver la vida desde otro lugar. A veces cuando tenés la autoestima por el suelo no podés creer que alguien te diga 'te quiero ayudar'"

“Siento que me miro al espejo y me gusta lo que veo. Algo que había perdido por completo. Parece tonto pero no gustarte, verte mal no es sencillo. Volví a sentirme linda".

“Soy la primera que se tatuó del grupo Fénix y cuando alguien nuevo va a entrevistarse, a la consulta médica o a la primera sesión yo trato de estar ahí, sentarme al lado, tomar su mano, escuchar. La conexión que tenemos entre nosotros es hermosa y la sensación de estar ayudando a alguien que pasó por tu mismo lugar cuando entraste, vale más que otra cosa. Ese reconectar con la esperanza, con la amistad, con la bondad que en esos dos meses de internación pensás que no existe más en el mundo. Pero la vida me dio esta hermosa revancha. Ahora trabajo en Mandinga y colaboro en la Fundación. Mi agradecimiento a esta familia es eterno"

at Malen Lesser

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