martes 18 de junio de 2019

SOCIEDAD | Hace 3 semanas

¿Existe una moda argentina?

A propósito del 25 de mayo surge la incógnita sobre si verdaderamente existe una identidad en la moda nacional que podría ser el motor para transformar una industria desafiante.  

La pregunta se justifica cuando se constata la subordinación notoria de una gran parte de la industria argentina -marcas de alto volumen comercial notablemente- a cualquier arquetipo de estilo y tendencia de relieve en proveniencia de Europa o de los Estados unidos. La dependencia es literal: no se crea, se reproduce y adapta. Ni inspiración sutil y reverente ni imitación cautelosa. 

Para colmar a una clientela que se conforma con versiones abaratadas de los modelos admirados en la pantalla de sus celulares, aquí se copia sin escrúpulos y se plagia alegremente. O, en ciertos casos, se falsifica, reemplazando por la etiqueta propia la original de las prendas compradas en los emporios del norte. 

La originalidad no constituye, por cierto, una condición sine qua non para la prosperidad de una industria de moda masiva, pero se hace obviamente imprescindible cuando se aspira a establecer un estilo, un tono, una identidad visual de bandera, reconocibles y apetecibles en el contexto obligado del mercado internacional. 

Para ello, no basta con que un país disponga, como el nuestro, con una red de producción de indumentaria, calzado y accesorios, de materias primas locales, de empresas de todas las dimensiones, y de personalidades talentosas para que el conjunto de los artículos que propone sea reconocido como un todo, con un perfil propio, de una moda nacional. 

Se advierten carencias primordiales en áreas que no lo son menos. La más flagrante, exterior a la industria misma, es la falta de estabilidad y de continuidad en las políticas públicas industriales y comerciales del país. 

Basta visitar la cuenta Twitter de la Fundación ProTejer para tener al instante una idea precisa de la caída sufrida en los años recientes. Las empresas sobreviven, en lugar de crecer, invertir, expandirse. Y este dato, del 11 de abril pasado: en el último semestre la industria textil utilizó apenas el 40% de su capacidad productiva. 

Desafortunadamente, no es la primera vez en la historia reciente que todos los estratos de la moda se ven forzados a atravesar trances similares. Por ser parte del engranaje del sistema, a las empresas de gran volumen les cuesta hallar soluciones innovadoras, fuera del manual establecido. 

La moda de creación, en cambio, de pequeña o media dimensión, logra aún, si bien con sumo esfuerzo, manejarse de manera autónoma. Concebida y llevada adelante como una aventura personal o grupal, se maneja con recursos paralelos, en circuitos propios, en relaciones de proximidad con la gente de las casas proveedoras y de los puntos de venta y cuenta con una clientela también cercana, amiga, empática. 

En un momento en el que las mega corporaciones ocupan gran parte del terreno, la creación de prendas a cadencia natural, tranquila, medida, a escala humana, con un estímulo económico justo, es, según entiendo, la vía a seguir en particular en países como argentina. 

Sin rechazar de plano los circuitos tradicionales, pero ofreciéndose como una alternativa auténtica a la uniformización, al régimen de los logos, al disciplinamiento del gusto. Ese modo de hacer sí existe ya aquí y con características particular que autorizan a que lo pensemos como moda argentina. 

Veo en Cecilia Gadea a una pionera de esta concepción de la creación de prendas como aventura personal, en la que la opción estética, el proyecto de diseño se fusiona con las convicciones éticas, el ideal de vida. Pertenece a la generación que emergió en el 2000, equipada de títulos. La distingue una decidida inclinación romántica. De pasados diversos, medievales y victorianos, extrae referencias de formato y decorativas, parciales e indirectas, que asociadas a sus recreaciones delicadamente gráfica de elementos de la naturaleza, resultan en prendas atemporales. Fascinan los cuellos que trabaja como piezas de vestido independientes, en varias capas de telas etéreas caladas, en un suntuoso y poético hojaldre textil, con perfiles de hojas y pétalos, empleando el láser con precisión e imaginación de artesana. 

Es la moda argentina que queremos, lo es también la de Silvia Querede y Noelí Gómez, las autoras de Quier, que piensan prendas para un presente que ya se fue al futuro. Conjugan también diseño y vida en un mismo movimiento creativo. Rechazan la aceleración de los tiempos de la moda y preocupadas por el medio ambiente y el despilfarro de recursos han llegado a realizar sus prendas sin producir el menor desecho textil. La singularidad de su estilo proviene, según creo, de una reflexión sobre las formas del repertorio clásico de la moda occidental. Al repensarlo y recomponerlo le devuelven la nitidez perdida, y le añaden una calidad de presencia inédita, curiosamente rigurosa y decorativa a la vez. 

Otra diseñadora comprometida con la moda sostenible es Maydi A. Zolezzi, primera diseñadora local en obtener la certificación Wildlife Friendly para Maydi, su original y exquisita línea de tejidos. Gracias al uso de la lana merino orgánica de los productores del Grupo Merino de Península de Valdés, comprometidos con la coexistencia de la cría de ovinos y las poblaciones saludables de vida silvestre, como guanacos y pumas, entre otras. 
Conjunción ideal de refinamiento y responsabilidad, es la moda argentina que queremos.
 

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