domingo 26 de enero de 2020

MODA | Hace 4 semanas

Rock y moda: dos fenómenos que se abrazan 

Crónica de una relación simbiótica, que hasta hoy sostiene el desenfado y la irreverencia como leyes primeras.

París, una noche de septiembre. Saint Laurent, un desfile. El compás de una “banda” de modelos que pasea alrededor de la Torre Eiffel con estilo, desenfado, dignos de stars.

Botas de caña alta. Paillettes, animal print. Piezas de vocación setentosa. Un front row poblado de referentes y como grand finale, la top Naomi Campbell. El diseñador Anthony Vaccarello, artífice de la movida, ha convertido el show en un recital de rock.

La semilla de la relación simbiótica entre la moda y del género musical, se remonta a mediados del siglo pasado. Años 50. Con el afán de diferenciarse de sus antecesores, los adolescentes eran el centro de un nuevo código, tanto musical como vestimentario.

Heredero del blues rural y del R&B, el rock & roll fomentaba un espíritu descarado, joven, de la mano de letras como las de Rock Around the Clock (Bill Haley & His Comets) o Jailhouse Rock (Elvis Presley, 1957).

El ídolo del rock por antonomasia, Presley, encandiló adolescentes y escandalizó padres. Además de sus melodías y sus movimientos elocuentes, El Rey impuso un estilo a contracorriente de el de los “jóvenes preppy”.

En detrimento de camisas, chinos y suéters en V, los rockeros se decantaron por jeans angostos, remeras blancas, chaquetas de cuero. Pelo largo, moldeado con cera. Las chicas, por su parte, acortaron faldas y entallaron camisas.

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Exageraron make up y adoptaron la cola de caballo peinado de cabecera. En Inglaterra, el eco de la movida respondió al nombre de Teddy Boys. Primer tribu urbana íntegramente teen, musicalizada por el rock de Estados Unidos y a veces asociada al vandalismo.

Rebeldía, destape. Los Teddy cambiaron uniformes escolares o laborales por sastrería de paño, terciopelo, y pantalones de tiro alto más medias al descubierto.

Zapatos de suela ancha, tipo Creeper, y peinados encerados con jopo. Los sesenta, tiempos de “Beatlemanía”, se nutrieron de la banda british para componer el estilo de los más youngsters.

Cuando el manager del cuarteto, Brian Epstein, asumió en 1962, les sugirió cambiar su guardarropa Teddy por un código más “maduro”. Trajes sastre de Dougie Millings, Ossie Clarke, Pierre Cardin, en contraste con melenas largas para el momento.

Un mix que facilitó el aval de los mayores, desconocedores de la vorágine de sexo, drogas y rock & roll que los esperaba a la vuelta de la esquina. Ahí nomás, The Rolling Stones.

Los “Anti Beatles”, según ciertos baby boomers que, devotos del establishment, demonizaron a esos ingleses desaliñados, salvajes. A esos artífices y predicadores de una nueva sensualidad.

Mientras la Beatlemanía se aburguesaba, el quinteto de Mick, Keith, Brian, Bill y Charlie, abogaba por la impulsividad de la irreverencia. Respuesta a la represión, a la guerra de Vietnam, a una generación “retrógrada”.

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Creadores del concepto moderno de rockstar, los Stones impusieron, además de beats, estilo. Melenas desmechadas, prendas al cuerpo. Androginia. Bestias provocadoras a la par de groupies devenidas en novias.

En style icons del calibre de Anita Pallenberg, Marianne Faithfull, Bianca Jagger. Sinergia genderless que en los 60 y 70, apogeo de la liberación sexual, abrió camino a la experimentación.

Y, glitter de por medio, al glam. Quien dice glam, invoca a David Bowie. Y quien dice Bowie, conjetura letras, melodías, declaraciones estéticas. Él, otrora nerd, aprendiz de circo, músico, profeta.

Él, que tras despegarse del “Mod look” predominante, expresó individualidad mediante personajes fulgurantes. Cada disco, una oportunidad de reinventarse. Ziggy Stardust, Aladdin Sane, The White Duke

Eternas fuentes de inspiración, tanto para la moda como para la humanidad. Además de desarrollar su propio statement, “El Camaleón” gestó (y produjo) los orígenes del punk. Iggy Pop, The Velvet Underground.

Sonidos y looks alternativos. Violines azarosos, total black, cuero, teatralidad. Personajes exóticos como Nico que, oriunda de Alemania, tomó la batuta de la Factory y la Velvet de modo fugaz.

De modo que, más de medio siglo después, su dress-code varonil persiste. El “snobismo” del under, caducó a fines de los 70. Explosión punk. Londres, Nueva York.

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Hordas de jóvenes desilusionados, tanto por el sistema socioeconómico como por viejos ídolos musicales, otrora rebeldes, entregados al establishment. Una camada de bandas crudas, inexperimentadas, espejo de su audiencia.

¿El uniforme de la rebelión? Chaquetas de cuero intervenidas, remeras y jeans con roturas, alfileres de gancho, PVC, peinados y make up grotescos.

Tanto musical como estéticamente, mientras más impactante, mejor. Y por primera vez, las pasarelas high fashion se nutrían de antros como CBGB’s o The Roxy. De “quemados” como Sex Pistols, The Damned o The Ramones.

La década del 80, sinónimo de opulencia, atestiguó la (¿re?) sofisticación del rockstar. Bandas como Mötley Crüe, Guns N’ Roses, Aerosmith, trasladaron su ADN disruptivo a Beverly Hills.

Prendas ceñidas, extravagantes. Pañuelosvincha, bijoux. Melenas mullet. Maquillaje. Androginia performática que reunió a la música y la moda en figuras como Grace Jones, emblema de desinhibición.

Cuando Marc Jacobs presentó, allá por 1993, una colección grunge en la pasarela de New York, su público se escandalizó. El género, representado por los chicos de Nirvana o Soundgarden, retomaba el espíritu punk del inconformismo.

Y al ritmo de sonidos amateur, distorsionados, las hombreras cedieron paso a superposiciones desaliñadas. Camisas tartán, vestidos vintage. Zapatillas gastadas, borcegos.

Hoy, más de veinticinco años después, Hedi Slimane, director creativo de Céline, cuenta el grunge como principal fuente de inspiración. Y ante las críticas del fashion system más tradicional: “Cada uno es como es y debe sostenerlo, sin ninguna pose, contra todo pronóstico”. Rock & roll.
 

at Matias Tortello

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