martes 21 de septiembre de 2021

MODA | 20-04-2020 08:01

Sororidad en la moda, ¿compromiso o marketing?

Mientras los mensajes feministas proliferan en desfiles, prendas y publicidades nos preguntamos si no conviene detener la máquina estampadora y repensar cuestiones de fondo como la coherencia, la vanidad, la eficacia y la post verdad.

“Consentimiento”, dice el cartel flúo que se cierne sobre las cabezas dueñas de lacios exquisitamente geométricos o rulos estratégicamente estudiados. Íconos indiscutidos como Sigourney Weaver o Demi Moore comparten primera fila con, entre otrxs, Rachel Brosnahan, Primera Dama de las series sobre comediantes empoderadas.

La escena transcurrió durante la reciente Paris Fashion Week, en el desfile otoño-invierno de Dior que miré por YouTube desde Palermo. Al mando de la firma está María Grazia Chiuri (o Curri, como la apodan algunxs malintencionadxs) y es la autora de ese gran éxito replicado hasta el hartazgo en redes, cuerpos o selfies bajo la luz del ascensor: la remera que reza The Future is Female.

Maria Grazia también fue noticia en los últimos Premios Oscar por crear otra prenda, la capa que usó Natalie Portman. En ella podían leerse algunos dicen que con una lupa, la gente es mala, insisto- los nombres de las directoras ignoradas en las nominaciones. Su foto en la red carpet recorrió el planeta más rápido que el coronavirus pero a la vez generó algunas respuestas inesperadas. La actriz Rose Mc Gowan, por ejemplo, retrucó “Portman solo trabajó bajo las órdenes de dos directoras en su carrera, una es ella misma. También es dueña de una empresa productora que contrató a una sola mujer: ella”.

Break Point, Game y Match al tribuneo. McGowan es uno de los rostros más visibles del #MeToo y una de las víctimas más célebres del infame Harvey Weinstein, quien fue condenado por violación un día antes del desfile que dio inicio a esta nota. Y por más que los carteles se repitan como mantras sobre una pasarela con mujeres trajeadas, colegialas envueltas en tartán, sacos y corbatas, la industria de la moda será la primera en abrazar slogans pero sus principales firmas siguen siendo manejadas mayoritariamente por hombres. Hay algo innegable, y es dato no opinión: Chiuri es una de las pocas mujeres al frente de una gran maison y eso no es poca cosa. La moda es una inmensa fuente de trabajo femenino pero los lugares de poder siguen reservados para los caballeros. María Grazia se cargó a Dior sobre sus hombros strapless, pisa fuerte, toma partido y marketinea como nadie.

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Después podemos discutir si esto le aporta algo a la lucha feminista. Qué proporción de postura genuina y de números vendedores hay en la receta. Consentimiento o conveniencia. Pero la Chiuri plantó bandera en una industria donde los roles destinados a las mujeres implican mucho trabajo y poco poder.

“Cuando estudiaba en Central Saint Martins (Facultad Diseño inglesa), una de las cosas que enseguida me dejaron en claro fue que, siendo mujer, mis posibilidades de dirigir una marca eran mínimas”, cuenta Anabella Bergero, que se define como “diseñadora, artista y soñadora orientada a la exploración de la moda, identidad y el género”. Nacida en Córdoba, criada en México, me lo dice desde Nueva York, adonde la llamé para que descifremos juntas algunas claves de la moda y sus mensajes empoderados. En princpio, quería dilucidar dónde terminan las ideas y dónde empieza el marketing. En qué medida la frase puede tapar la batalla, domesticar el mensaje...

“El movimiento tiene que trascender el slogan, el pin de chapa que me pongo en la mochila, la taza de Instagram... Es interesante que prendas o accesorios hoy funcionen como significantes de los movimientos que buscan cambiar paradigmas culturales obsoletos”, dice Bergero mientras salgo corriendo a esconder mi taza de The Handmaid ́s Tale y ella agrega: “Creo que los ataques de McGowan contra la complacencia las celebridades son más necesarios que nunca ahora que el #MeToo se ha convertido en una parte normalizada de nuestro vocabulario colectivo.”

¿La moda deglute cualquier movimiento y lo devuelve hecho camiseta o realmente la indumentaria es el reflejo de la sociedad? Es un antiguo dilema y quizás debamos explorarlo como Hamlets envueltas en pañuelos verdes. Las respuestas serán diversas y múltiples o no serán. Por lo pronto, Anabella -y esta es una variante posible- sabe bien cuál es su trinchera: “La lucha no está en Instagram, no la podemos dejar encarcelada en la hiperrealidad de la foto o el hashtag. La lucha está en la calle, en el trabajo, en la comunidad encarnada que nos rodea. Necesitamos acciones sociales concretas que trasciendan el slogan. El pañuelo, las remeras pueden funcionar como vehículos de transmisión para encontrar aliados en sociedades donde todavía hay una exacerbación de valores patriarcales. Una vez que nos reconocemos, ¿cómo seguimos?” ¡Qué buena pregunta, Ana! Por las dudas no meto mi remera en el lavarropas, se sabe que la moda lava todo hasta que las frases empiezan a desteñir. Pero también podemos preguntarnos si contribuye a la causa y alienta el conocimiento.

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Lo charlo también con Andrea Carballo, actriz, feminista, lectora y dueña de una carrera dividida en dos continentes. Chica del Cable en España, mujer del cine indie en Argentina, agitadora de redes siempre: “Que se vuelvan parte de la moda insignias vinculadas al feminismo me parece positivo”, afirma Andrea y agrega: “Creo que para que los cambios sucedan algunos conceptos necesitan estar a la vista y en boca de todos. Lo que se populariza definitivamente gana poder, las redes sociales hoy por hoy tienen mucho que ver con eso. Pero es importante saber que el cambio no está ahí, la realidad empieza cuando apagás el teléfono. El verdadero objetivo debería pasar por trabajar honestamente y en profundidad con cada una de esas consignas”.

Principios o ventas. Luchas reales o virtuales. La charla con Andrea continúa: “En cuanto a la moda, siento que lo que más desvirtúa el mensaje es la falta de coherencia. Si una firma utiliza el ideario feminista para vender camisetas, sería importante que, por lo menos, su campaña, sus desfiles, sus talles y la elección de sus modelos esté alineada con esa prédica. Que el feminismo no empiece y termine en los productos que quiera vender, sino que impacte en toda su comunicación y cultura”.

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Miro mi remera y me pregunto si no le estaré pidiendo demasiado. Me dio alegrías en recitales, me acompañó en tres selfies rendidoras, siento que forma parte de mí. No sé si sirve pero la quiero. Algo desorientada aún, llamo a Charo López. Charo es actriz, militante feminista y comediante feroz. Rompió el circuito off con Persona, el stand up que compartió con Malena Pichot, Ana Carolina y Vanesa Strauch, participó de la serie Tarde, Baby y ahora me atiende en medio de la filmación de Hoy se arregla el mundo, la próxima película de Ariel Winograd, encabezada por Leonardo Sbaraglia. Charo me tranquiliza: “La profundidad de la cuestión no se le puede pedir a una remera. Hay diferentes lecturas para cada mensaje pero creo que en general la palabra estampada al menos suma en moldear un cierto inconsciente colectivo”, comenta. Y remata: “Creo en la cultura pop y en principio no veo esta proliferación de consignas como algo malo, siento que la moda refleja los movimientos y el día a día de la sociedad. Acompaña en cierto modo su sentir”.

Me sorprendo cantando aquello de “Yo veo al futuro repetir el pasado”. Charo me escucha tararear y apunta: “Para muchxs, las consignas feministas de hoy se parecen a lo que ayer fueron “Salvemos a las Ballenas” o “Paz”. El marketing aprovecha todo, querer escaparle a eso es muy inocente de nuestra parte”, dice antes de concluir “¿Sabés que frase me molesta mucho? La que dice El futuro es feminista, porque siento que nos quita el presente”. Y el presente somos nosotras. Tratando de leer más libros que camisetas. Pensando frente al cartel y no haciendo selfies bajo el banner. Con Grazia o desgracia, pero juntas. Ahora que lo pienso, esta última es una buena frase para una taza que descanse sobre un ejemplar de La Teoría de King Kong, de Despentes... Dior, acá estoy, llamame...

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