viernes 18 de octubre de 2019

MODA | Hace 4 meses

Moda y surrealismo, cómo se unen ambos fenómenos

Crónica de un affair entre la alta costura y la vanguardia artística, que sentó las bases de la excentricidad moderna. Una actitud más vigente que nunca.

Sombreros con forma de zapatos. Zapatos con forma de guantes. Guantes con “garras” de metal. Guantes que inspiran sombreros. Alusiones (estéticas) al mundo culinario. Al subacuático. Al inconsciente. Recorridos por abismos que separan hechos de construcciones, vivencias de ensoñaciones.

Los días son como noches en la París de los años 30. Su haute-couture, vivificada por socialités de incuestionable estatus que actúan como si no hubiera mañana, sucumbe a la revolución del surrealismo: “Un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral”. Así dice el manifiesto de André Breton, gestor de un movimiento artístico que cuestiona todo mediante asociaciones libres y rupturas subversivas. Manifestación creativa de las teorías de Sigmund Freud.

En los albores del siglo XX, surrealismo es sinónimo de escándalo. Un “club” fundado por Breton y frecuentado por Max Erst, Salvador Dalí, Joan Miró, René Magritte, Man Ray, cuya máxima ley carece de leyes.

Pintura, poesía, fotografía. Libre albedrío. Al principio la moda no se prende al surrealismo, pero éste la adopta. Y es que pese al “cuerpo” varonil del fenómeno, su alma está regida por lo opuesto. Superado el romanticismo de la musa, la función de la modelo, los surrealistas beatifican a sus mujeres. Amores sagrados. Gala y Dalí. Leonora y Max. Lee y Man.

Breton dixit: “Estoy, al estar cerca de ella, más cerca de las cosas que están cerca de ella”. Así justifica el fetichismo surrealista de los maniquíes, los accesorios, las prendas femeninas. Obras cargadas de simbología y discordancia. Mesura versus excentricidad. Sueño versus realidad. Derrumbe de los valores establecidos.

Paradójicamente, es una mujer quien traduce las bases surrealistas a la alta costura. Elsa Schiaparelli; “la Schiap” para los amigos. Aristócrata romana. Estudiosa de culturas primitivas. Inconformista del legado familiar. Nómada. Madre soltera. Ella migra de norte a sur hasta llegar a Francia, en pleno ajetreo surrealista. Y pega onda con el círculo. Y se expresa, sin entender de banalidades.

“Elsa Schiaparelli es la única diseñadora de moda que sabe interpretar el surrealismo”, alega el galerista Julien Levy, fan de su excentricidad y sus colaboraciones con artistas-confidentes de la talla de Dalí. Schiaparelli y Dalí. Amigos sin derechos. El español y la italiana desarrollan un lenguaje inédito, que valida la percepción femenina en un mundo que gira al revés.

En pleno reinado de la austeridad Chanel-iana, la dupla Schiap-Dalí desafía límites imaginarios. Hits excéntricos, simbólicos. “Para mí diseñar vestidos no es una profesión, sino un arte”, explica la Schiap desde su maison de Place Vendôme. Santuario donde los muebles presumen de la misma extravagancia que los trajes en exhibición. 

Entre curvilíneos sillones en rosa “shocking”, color característico de la creadora, sobresalen piezas como el “Coat of Many Drawers” (abrigo de muchos cajones). Una colaboración con Dalí que emula la instalación Anthropomorphic Cabinet y expresa la teoría freudiana de los compartimentos secretos del subconsciente, que “sólo pueden abrirse mediante el psicoanálisis”. La versión del artista representa a la mujer como una figura desnuda y vulnerable, penetrable. La de Schiaparelli la abriga con un halo de misterio, la dota de autoridad sobre su cuerpo. Y sus compartimentos. 

Otro traje inspirado en la producción de Dalí, el “Tear-Illusion Dress” (vestido que crea la ilusión de roturas), revisita tres obras específicas. Necrophiliac Springtime. The Dream Places its Hand on a Man’s Shoulder. Three Young Surrealist Women Holding in their Arms the Skins of and Orchestra. Un vestido blanco que parece haber sido desgarrado violentamente, pero sus “roturas” están estampadas tipo  trompe l’oeil. ¿Analogía a la “fragilidad” femenina que exponen los surrealistas? Más bien una reacción femenina ante esta percepción. Empoderamiento. 

El “Skeleton Dress” (vestido esqueleto), en crepe de seda azul, tiene huesos acolchados en forma de esqueleto. Ausión al “esqueleto viviente”, un fenómeno de circo popular desde mediados del siglo XIX. Y, por supuesto, a un estudio realizado por Dalí sobre formas esqueléticas, que el artista regaló a la Schiap en forma de boceto. 

Entre las rarezas que componen el inventario de trajes y accesorios, la más icónica es el “Lobster Dress” (vestido langosta). Inmortalizado por Wallis Simpson, figura polémica por mérito propio, este ítem de organza revela una langosta estampada desde la pelvis hasta los tobillos. Para Freud y los surrealistas, el animal simboliza violencia. Castración. Envidia femenina por los genitales masculinos. Schiaparelli se planta y responde en nombre de todas. Sin dejar de lado otros simbolismos sexuales como los labios, presentes en trajes con bolsillos-boca.

Moda surrealista. Excentricidad. Osadía. Feminismo. Un último grito de coraje antes de la Segunda Guerra Mundial. Recién en los 80, nombres como Yves Saint Laurent, Christian Lacroix y Thierry Mugler retoman el legado de la Schiap. Ella ya no vive para verlo. Su homenaje presenta colores y volúmenes de alto impacto, detalles irónicos, sentido del humor. 

En el siglo XXI, el surrealismo se transmite a través de una actitud revolucionaria, comprometida con el entorno. Los diseñadores que toman la batuta responden a los nombres de Miuccia Prada, John Galliano, Alessandro Michele. Y pensar que hace cien años, Ernst lanzaba una serie de litografías tituladas “Fiat modes, pereat ars”. Dejen que la moda florezca, dejen que el arte perezca.
 

at Matías Tortelo

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