lunes 11 de noviembre de 2019

MODA | Hace 4 meses

¿El diseño se basa en la imaginación o en la creatividad?

Javier Arroyuelo desarrolla esta idea sobre el diseño basada en la imaginación en acción y no en el tan abusado concepto de creatividad. 

Hay en el álbum mental, en perpetua recomposición, que le dedico a la moda, momentos, imágenes, nombres que persisten, invariables, como puntos fijos, bellas referencias. Aunque desde ya son numerosas, querría rescatar aquí algunas solamente, que me parecen corresponder con precisión y a la vez con poesía a lo que me gusta llamar la imaginación en acción, en lugar del tan abusado concepto de creatividad. 

Es una imaginación viva pero no desbordada,  que se da a ver sin buscar imponerse, sin efectos teatrales ni sensacionalismos, aplicada al diseño puro, según temperamentos, objetivos y clientelas disímiles, en contextos históricos y sociales no menos diversos. Imaginaciones repartidas en todas las direcciones. 

Una guerra, la de 1939-45, que desconectó a la industria de la moda estadounidense de París, su fuente primordial de referencias, fue el reto que le tocó superar a Claire Mc Cardell (1905-1958). Lo logró con creces. La circunstancia favoreció, de hecho, su aspiración de diseñar prendas acordes a realidad de la vida norteamericana. Aceptó una sola influencia, pero esencial: la del corte al bies de Madeleine Vionnet, que, simplificado, fue la base para la fundación de su estilo, una visión optimista y despojada de una mujer sin afectaciones, moderna. Desenvuelto, lineal, sin artificios, en telas accesibles - algodones, denim, calicó, fibras artificiales- y colores y combinaciones sorprendentes, es el código visual, un absoluto de funcionalidad, que ha definido al siempre vigente American Look, artefacto cultural nacional y popular. Estaba allí, en el aire, en la vida de su tiempo, pero había que imaginarlo, nada menos, y McCardell lo hizo.

Más allá de su influencia perdurable en la moda de su país, Mc Cardell tuvo dos inesperados seguidores en una pareja de artistas plásticos made in Argentina, autoexportados a Europa, Pablo Meshedjian y Delia Cancela, que abordaron la moda con alegre fluidez, en Londres primero y luego en París, allí con la marca Pablo et Delia. Emplearan su imaginación pictórica para crear prendas que además de ser visualmente originales, respondían, como verdaderas piezas de prèt-à-porter, a las necesidades prácticas de sus usuarias. Si su trabajo podía quizá sugerir un vestuario de cuento de hadas iban del night club a la feria orgánica, algunas veces sin haber dormido. La secuencia de colecciones, dos por año, que desplegaron entre 1976 y 1980 conjugaban lo encantador con una suave ironía.

Empleaban la imaginación en lugar de la técnica de taller de costura, de la que ignoraban casi todo, para resolver los dilemas de moldería. Así surgían los formatos únicos de los básicos y clásicos de su repertorio, que sumados a otros signos característicos -la amplitud, los cortes circulares, la decoración funcional (cintas, moños, frunces, volados) a la prenda- componían un nuevo romanticismo, diferente a todo. 

Hacia la misma época, y también en París, Emanuel Ungaro había asumido el desafío de reimaginar la sensualidad con los medios y los elementos de la alta costura. Nacido en 1933 y fundador de su maison en 1965, heredero, por su padre, de la tradición de la gran sastrería italiana, benefició, como asistente de diseño, de la enseñanza inmediata y continua de Cristóbal Balenciaga.

Fue a finales de los años 70 que su fantasía personal hizo gran eclosión. Marcó los años siguientes con un crescendo de figuras de diseño opulentas y osadas. Ungaro articulaba una silueta de mujer neta y pulida, que abrazaba las curvas y exaltaba las piernas, con yuxtaposiciones muy llamativas a la vez que cuidadosamente calibradas de motivos gráficos -rayas, cuadros,  escoceses, o dibujos de cachemira- con coloridos temas florales o abstractos, en combinaciones de materias no menos insólitas, tal los tweeds y príncipe de Gales en alianza con sedas o encajes o terciopelos. Volantes y efectos de abullonado y de drapeado convivían con el rigor de su sastrería, confirmando la pasión barroca, la imaginación extrema pero de algún modo siempre bien modulada, de Emanuel Ungaro.

A esa misma generación, que ha vivido dos tiempos de la moda, el fin del elitismo alto-burgués estético y la uniformización del consumismo, pertenece Issey Miyake (Hiroshima, 1938), quien se mueve también entre los dos universos estéticos de Oriente y de Occidente, que aparecen fusionados en su trabajo.

También autor, investigador de las tecnologías textiles, vestuarista, armador de espacios y de muestras, Miyake se tomó la libertad, en los años 90, de dejar su propia marca original en manos de otros sucesivos miembros del Miyake Design Studio.

Sus prendas, concebidas como formatos variables pueden ser llevadas de modos diversos, cada cual según su cuerpo y sus deseos. Son prendas que desobedecen para  gente que no respeta las reglas vigentes de representación de roles.  Hace ya más de cuarenta años de innovación permanente, entre lirismo y rigor, que Miyake invita, incita, induce a imaginar otra forma de vestirse, de entender el vestido y de entenderse con él. 

Es sin duda el diseñador que ha alzado más alto y llevado más lejos la noción de modernidad: a través de su moda nos ayuda a imaginar nuevas maneras de vivir vidas que sean nuestras.
Y finalmente, hoy, veo en la escena internacional dos universos jóvenes, posiblemente plenos de futuro, que representan dos vertientes fértiles de la imaginación aplicada al diseño, opuestos, simétricos y complementarios: Lemaire, de Christophe Lemaire y Sarah-Linh Tran, donde los valores inmutables de equilibrio y sutileza son reelaborados como posibles marcadores de identidad personal y donde un cierto pudor es la máxima forma de seducción, por un lado, y por el otro Iris Van Herpen, que reinventa la teatralidad con una iconografía de formas orgánicas, un vestuario de fábula, mágico por obra de la tecnología, que da a las mujeres que lo llevan el aire intrigante de quien acaba de regresar del futuro. 
 

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