CULTURA | Hace 1 mes

Workaholic, Emily y el trabajo como religión

Todos nos acordamos de la icónica película “El Diablo Viste la Moda” – para nosotros fashionistas, una marca en la historia del cine. Hoy, te vamos a contar la misma historia, pero desde un punto de vista que casi nadie percibió.

Cuando pensamos en el éxito cinematográfico estrellado por Anne Hathaway (que interpreta a la novata Andy, algo así como el patito feo que se encuentra en una industria totalmente opuesta a sus ideales) y Meryl Streep (el propio diablo, con ropa de marca) no analizamos toda la estructura empresarial en la que se basa la película.

Más allá de estos dos personajes, que llaman toda la atención, tenemos un ejemplo claro de cómo el escenario fashion puede afectar de manera negativa a los que no tienen la madurez emocional suficiente para encarar los desafíos laborales que propone la industria. Emily: el lado tóxico de la moda.

Para hablar de Emily, tenemos que entender cómo funciona la metodología de personajes femeninos en el ámbito laboral. En el cine de Hollywood – generalmente, cuando una película gira en torno a una oficina y tiene mujeres como protagonistas, reconocemos tres perfiles que se encajan en el storyline. Curiosamente, estos tres perfiles son retratados en “El Diablo Viste la Moda”.

Primero, está la chica que recién arranca la carrera: medio desubicada, graciosa y con ganas de comerse el mundo. El simple hecho de que ella esté en el ambiente de trabajo ya es una victoria por si, y es fácil de ganar la simpatía del público.

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Segundo, tenemos una archi-enemiga: alguien con más experiencia, quizás el mismo nivel de ambición, de alguna manera se siente amenazada por el primer perfil que recién hablamos y que casi siempre es la villana.

Por último, está a la super power woman – un personaje que representa la femme fatale en su mejor versión, está en el top y generalmente es presentada en un momento de su vida en el que ya tiene todo hecho.

Siguiendo esta línea de raciocinio, encontramos a Emily en el segundo perfil de personaje. Está caracterizada de manera cómica y no tan maquiavélica.

Eso se debe al facto del director David Frankel que se aprovechó de la oportunidad para retratar el personaje de Emily Blunt para representar todo lo que uno NO debería ser en el trabajo.

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El  término workaholic surgió por primera vez en 1971: significa la compulsión o necesidad incontrolable de trabajar. En los últimos años empresas como Google, We Work e incluso Vogue maquillaron este término para que parezca algo positivo - la glamourización del trabajo, o el trabajo como religión.

Tiene como base la pasión y la ambición, pero oculta una necesitad de llenar un vacío existencial. En todo caso, estas personas viven para el trabajo y esperan que los otros a su alrededor hagan lo mismo.

¿Alguna semejanza con Emily? No, no es mera coincidencia. Emily idolatra a Miranda, hasta cuándo la misma le hace dudar de su potencial y la humilla frente a todo el equipo de trabajo.

Ella rechaza su vida personal para dedicarse a la compañía, está constantemente enojada y mal-humorada, se cobra demasiado de sí misma y se quiere convencer de que está feliz en ese ambiente. 

Por otro lado, Andy es lo opuesto, ella pelea por lo que le parece correcto, tiene sus valores morales frente a la ética laboral y lucha por su trabajo, sin dejar que su vida personal sea menos importante.

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Al final, son los valores de Andy que hacen que ella sea la mejor opción para un gran proyecto de la empresa, incluso cuándo Emily esté más tiempo en la compañía y hace lo imposible para reafirmar su potencial constantemente. Los valores retorcidos de Emily la frenan en su crecimiento personal.

Cuando miramos desde afuera, vemos como Emily se daña a ella misma, pero ¿está tan equivocada? Estamos en una sociedad (y en una época) en que somos enseñados a buscar la pasión por la existencia en nuestros trabajos.

Por más que esté muy bien estar enamorado de lo que uno hace, la función primordial del trabajo NO ES rellenar algún tipo de vacío que tengamos adentro.

Y la gran lección que aprendemos con este personaje, es que debemos priorizarnos a nosotros y a nuestras creencias éticas ante cualquier circunstancia – ahí está la clave para nuestro crecimiento profesional. Pero a la vez, nos hace preguntar: ¿cuántos de nosotros somos Emilys en nuestros trabajos y aún no nos dimos cuenta? 
 

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